Domingo 25 durante el año – A

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Parable of the Workers in the Vineyard

Parable of the Workers in the Vineyard

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Antífona de entrada
Yo soy el Salvador de mi pueblo, dice el Señor.
Lo escucharé cuando me invoque en su angustia
y seré su Señor para siempre.

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Domingo 22 durante el año – A

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Toma tu cruz

Toma tu cruz

XXII DOMINGO

Antífona de entrada   Sal 85, 3. 5
Ten piedad de mí, Señor, porque te invoco todo el día.
Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en misericordia con aquellos que te invocan.

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DOMINGO 22 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

De los comentarios del P. Damián Nannini

Primera lectura (Jer 20,7-9)

Estos versículos forman parte de una de las llamadas “confesiones de Jeremías”, conformadas por unos textos en primera persona en los que el profeta presenta al Señor su queja. En cierto sentido, los mismos representan auténticas crisis vocacionalesdel profeta.

            En particular el texto de hoy forma parte de la quinta confesión (Jer 20,7-18) que, comparada con las anteriores, es la más fuerte y trágica. En efecto, la vocación del profeta, dramática en la segunda confesión (cf. Jer 15,10-21), se ha vuelto ahora trágica.

            El Card. Martini, sin negar la dureza de las palabras de Jeremías que pueden sonar a blasfemia, las interpreta en su correcto contexto propio, que es la vida y vocación del profeta: “Dios se ha comportado con Jeremías como un hombre que seduce a una mujer y la atrae para luego apoderarse de ella y poseerla: me sedujiste, te aprovechaste de mí y ahora te acuso. No quería profetizar y tú me engañaste haciéndome creer una cosa por otra; me obligaste a seguirte sin decirme qué me esperaba y yo me fié de ti, pero Tú me pusiste en una situación enormemente difícil. Las consecuencias de este engaño son dramáticas: me he arrepentido de seguirlo, ya no le haré caso, no puedo más. Debemos observar a pesar de todo que la lamentación se expresa como oración, por consiguiente con espíritu de fe […] si reflexionamos atentamente en el texto, nos damos cuenta de que son palabras de amor, de un amor apasionado e irritado justamente porque el profeta no consigue olvidar al que ama”[1].

 Evangelio (Mt 16, 21-27)

   Como vimos el domingo pasado, la Confesión de Fe de Pedro inaugura una etapa nueva del ministerio mesiánico de Jesús pues a partir de ese momento comienza a manifestar o enseñar algo nuevo: el primer anuncio de su pasión (Mt 16,21).

   Este anuncio viene introducido en griego por la partícula dei (dei/) que se traduce por “debía”, o mejor, “es necesario” (como en Lc 24,7.44). En Mateo esta palabra se utiliza siempre para referirse a algo que tiene que suceder porque así está previsto por Dios, es Su plan. Aquí “dei/ expresa la ineludibilidad de la pasión y muerte de Jesús decretada por Dios; a pesar de ello, la pasión y la muerte es maquinada por los dirigentes judíos en libre decisión de la propia maldad responsable. El plan de Dios y la responsabilidad de los hombres no se excluyen en Mateo, como tampoco en el resto del Nuevo Testamente y en el judaísmo”[2].

   La novedad cristológica de esta nueva etapa del evangelio es que Jesús se presenta como un Mesías sufriente. Su misión la llevará a cabo a través de la humillación, del sufrimiento y de la muerte. Esto explica la insistencia en los anuncios de su pasión a los discípulos, que no entienden. La pasión indica un fracaso real aunque no definitivo: el rechazo por parte de su propio pueblo Israel. Pero este camino de la cruz terminará bien pues luego de la muerte vendrá la resurrección que es también anunciada aquí, aunque no comprendida.

   Inmediatamente después de este anuncio Pedro lleva aparte a Jesús “y lo reprende” diciéndole que Dios no puede permitir esto.

   La reacción de Jesús es inmediata y la frase muy fuerte pues lo llama ahora “satanás” y le manda volver a ubicarse detrás de Él. En efecto, tal sería el sentido exacto de la expresión: “vete detrás de mí” (u[page ovpi,sw mou), que nos recuerda la invitación al seguimiento que Jesús ya le había hecho a Pedro y Andrés en Mt 4,19: “venid detrás de mí” (deu/te ovpi,sw mou). Pero también nos recuerda la frase de Jesús a satanás al final de la tercera tentación en el desierto en Mt 4,10: “retírate Satanás” ({Upage( Satana).

   Las palabras y la actitud de Pedro son para Jesús un “escándalo” (σκάνδαλον). Esta expresión significa “inducir a pecado”, ser “piedra de tropiezo”. Teniendo en cuenta este sentido de la palabra “escándalo” algunos autores ven una clara contraposición con Mt 16,18 donde Jesús llamó a Pedro “roca” sobre la que edificará su Iglesia. Aquí, en cambio, Pedro en vez de piedra firme para edificar se ha vuelto “piedra de tropiezo” que hace caer[3]. Pienso que vale la comparación por cuanto mientras en su confesión de fe Pedro habló movido “no por la carne ni la sangre sino por revelación del Padre”, aquí Pedro piensa, siente y habla como hombre, no según Dios: “tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres” (Mt 16,23).

   El camino de Jesús es también el camino de la Iglesia, de sus discípulos. Por eso Jesús, acto seguido, presenta el camino de la cruz como paso obligado para “el que quiera seguirlo”. Como bien nota U. Luz[4], “la pasión de Jesús y el seguimiento de los discípulos se implican”.

   Es un momento clave, de seria opción, por cuanto para seguir siendo discípulo hay que dejarse a sí mismo, a los propios proyectos de realización y salvación personal y optar por Él.

   Negarse a sí mismo y tomar la cruz implica estar dispuesto a perder la vida, pero para salvarla. Se trata de la aceptación de todo sufrimiento por causa de Cristo y la aceptación de Cristo como modelo de vida. Entonces la cruz aparece como la vida hecha donación, un perderse a sí mismo por amor a Jesús. Así como el anuncio de la pasión terminaba haciendo referencia a la resurrección al tercer día; así también el camino de la cruz del discípulo termina con la promesa de la recompensa por parte del “hijo del hombre” en el juicio final.

Algunas reflexiones:

            Pienso que es inevitable sentir cierta “incomodidad” ante el evangelio de hoy y es importante no evadirse ante estos sentimientos; ni tampoco cargarse de sentimiento de culpa pues el misterio de la cruz es una realidad difícil de asimilar, de “digerir”. Por eso nuestra identificación con Pedro es aquí clara y total, pues Pedro reacciona ante la cruz como “hombre”, tiene los sentimientos, los pensamientos y la valoración propia de un hombre ante la cruz. Y de un hombre de Iglesia, llamado a ser guía de sus hermanos en la fe.

   Al respecto comenta H. U. von Balthasar[5]: “Cuando Jesús presenta en el evangelio el programa decisivo de su misión, no es solamente el mundo el que se escandaliza de la cruz, sino también y en primer lugar la Iglesia. Esta Iglesia se compone de hombres, todos los cuales querrían huir lo más lejos posible y durante el mayor tiempo posible del sufrimiento”.

    Comentando el sentido del término scandalon en Mt 16,23 dice J. Ratzinger: “El que por don de Dios puede ser sólida roca, es por sí mismo una piedra en el camino, que puede hacer tropezar. La tensión entre el don que viene del Señor y la propia capacidad resulta tan evidente que produce escalofríos; aquí, de algún modo, se anticipa todo el drama de la historia del papado, en el curso de la cual nos encontramos siempre con los dos elementos: aquel por el que el papado, gracias a una fuerza que no procede de él mismo, constituye el fundamento de la Iglesia, y el otro, por el que al mismo tiempo los papas particulares, por las características típicas de su humanidad, son constantemente escándalo, por querer preceder a Cristo en lugar de seguirlo; pues creen ellos, con su lógica humana, que deben prepararle el camino que, por el contrario, sólo él puede determinar: “Tus sentimientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (16,23)”[6].

    También a nosotros, como a Pedro, nos molesta ese “es necesario” (dei-) mediante el cual se presenta la cruz como plan de Dios. Igualmente podemos identificarnos con el lamento de Jeremías cuando el rechazo y el oprobio son la recompensa que recibimos de aquellos a los que llevamos la Palabra de Dios. La aceptación del camino de la cruz como camino de salvación supera los intentos de mera comprensión intelectual del mismo. Hay que remitirse, necesariamente, al amor del Padre que se esconde detrás del misterio de la pasión del Hijo:

   “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).

   Según Jn 3,16 el Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna; por tanto, para proteger al hombre del mal definitivo y del sufrimiento definitivo. Por tanto, el amor de Dios penetra en el sufrimiento y lo asume como forma sublima de expresión de ese amor por el hombre: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Así el amor da sentido a la cruz, la orienta en la entrega en favor de los demás, la vuelve redentora. En resumen podemos decir que Cristo no explicó el sufrimiento ni la cruz (como no se puede explicar el amor), sino que lo asumió, lo compartió y lo transfiguró haciendo de él una ocasión de entrega amorosa, y por ello un lugar de salvación y de santidad. Nos lo enseñaba Juan Pablo II en Salvifici Doloris n° 26: “Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: ‘Sígueme’, ‘Ven’, toma parte en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento… A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento”.

   Sólo desde esta aceptación-comprensión de la cruz de Cristo podemos iluminar nuestro propio camino de la cruz, también “necesario” para ser discípulos. Nos encontramos, entonces, con el desafío pedagógico de asumir y ayudar a asumir la verdad de la cruz, como nos enseña A. Cencini[7]: “En un ámbito más personal y subjetivo, la centralidad de la cruz significa el descubrimiento “positivo” – por así decirlo – de la cruz de Cristo como momento de la verdad, de lo que más que cualquier otra cosa o evento o palabra o prodigio dice la verdad de Dios y de su proyecto de salvación, así como del hombre y de su historia […] la cruz es la verdad de la vida y de la muerte, porque revela el nexo indisoluble que une la vida a la muerte, nexo que está constituido por el amor, por el don de sí. La vida, tal como la explica la cruz, nace del “amor-que-se-dona”, y tiende al mismo “amor-que-se-dona”. Se vive y se muere por el mismo motivo, porque el amor recibido tiende, por su propia naturaleza, a volverse amor donado. Y todo esto es dicho por la cruz de Jesús, que es la máxima expresión del amor más grande, aquel que viene de Dios, y es al mismo tiempo el más fuerte y expresivo símbolo del misterio de la vida y de la muerte del hombre”.

    También aquí la aceptación del camino de la cruz como negación de sí mismo y como exigencia ascética está precedida, motivada y encauzada por el amor a Dios.

   El camino de la cruz tiene también una dimensión “pastoral”, muy poco tenida en cuenta, aunque en LG nº 8 leemos:”Como Cristo efectuó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está llamada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres”. Al respecto A. Rodríguez Carmona nota que toda esta nueva sección del evangelio de Mateo (16,21-20,15) está claramente estructura por los tres anuncios de la pasión que van seguidos por enseñanzas sobre la edificación de la Iglesia. Esto conlleva un profundo sentido, por cuanto “para Mateo, la vivencia de estas enseñanzas (opción total por Jesús, compartir, servicio, hacerse niño, etc.) tiene carácter de muerte y resurrección, y es la manera concreta de colaborar en la construcción de la Iglesia. La ética cristiana tiene un carácter pascual y eclesial; ahora bien, esto sólo lo entiende el que comprende la muerte y resurrección de Jesús”[8].

   Por su parte Gerardo Cardaropoli[9] señala que “Cristo salva al mundo por medio de la Iglesia, con la condición de que esta se adecue a su misterio pascual, en el que la gloria de la resurrección no se alcanza sino a través del paso de la cruz. Aquí está la profunda renovación de la pastoral. La “teología de la cruz” ha de llegar a ser “metodología de la cruz” para toda la obra salvífica”.

   Este dinamismo “pascual” es propio de la misión, nos enseña el Papa Francisco al decirnos que “cuando la Iglesiaconvoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión». (EG n° 10).

   Y también nos advierte del peligro de caer en una “acedia egoísta por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG n 82).

   En efecto, “como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca” (EG 279).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Hasta el extremo

Vendrá ese día esperado por todos

Y la paga será para cada uno

Una porción especial, calculada y medida

Apretada y abundante al que dio su vida.

¿Servirá lo que hemos ganado?

Prestigio, alabanzas y honores…

¿Amigos ganados a precio de favores?

La Verdad supera estas tentaciones.

Y al final del camino se levanta

Erguida en el horizonte,

El camino de salida a tantos dolores: la Cruz,

Donde se escribe la historia del hombre.

Enséñanos Señor a no borrar ni un renglón

Asumir tu única propuesta

Levantar la cabeza y mirar al madero

Sendero de amor al Dios verdadero.

Dejar morir al hombre viejo,

Renunciar a este mundo y buscarte, Señor

Para amar como tú amaste:

Hasta el extremo. Amén

[1] C. M. Martini, Una voz profética en la ciudad. Meditaciones sobre el profeta Jeremías (PPC; Madrid 1995) 117-118.

[2] U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 639.

[3] Cf. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II, 640; L. H. Rivas, Jesús habla a su pueblo 3 (CEA; Buenos Aires 2001) 170-171.

[4] El Evangelio según San Mateo vol. II, 641.

[5] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 100.

[6] J. Ratzinger, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino (San Pablo; Buenos Aires 2005) 56-57.

[7] La cruz, verdad de la vida (Paulinas; Lima 2003) 43-44.

[8] A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 159.

[9] “Pastoral del misterio de la cruz”, en B. Ahern y otros, Sabiduría de la Cruz (Narcea; Madrid 1981) 96.

Domingo 21 durante el año – A

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Christ surrendering the keys to Saint Peter

Peter Paul Rubens – Christ surrendering the keys to Saint Peter. circa 1614. panel Gemäldegalerie Berlin

XXI DOMINGO

Antífona de entrada     Sal 85, 1-3
Inclina tu oído, Señor, respóndeme; salva a tu servidor que en ti confía.
Ten piedad de mí, Señor, que te invoco todo el día.

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DOMINGO 21 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

De los comentarios del P. Damián Nannini

Primera lectura (Is 22,19-23)

            Sobná, mayordomo del palacio real, se ha construido una tumba o mausoleo en un lugar privilegiado (Is 22,15-16). Para el Señor esta acción es juzgada como un acto de corrupción y de soberbia, pues se ha aprovechado de su situación en beneficio propio olvidando su misión de servir al pueblo y a su rey. Por ello el profeta Isaías le anuncia que será destituido y que le dará su lugar cargo a Eliaquín y que “pondrá sobre sus hombros la llave de la casa de David: lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá”. Por tanto, para indicar el poder otorgado se utiliza la metáfora de las llaves con la potestad de abrir y cerrar. Llama la atención que hable de poner sobre los hombros la llave, pero esto puede deberse, como señala H. U. von Balthasar[1], a que las llaves eran de gran tamaño; o a cierta referencia a que los “cargos son cargas”, son responsabilidades y pesos, como una cruz. En fin, el texto ha sido elegido como primera lectura justamente porque representa el poder otorgado con la imagen de la posesión de las llaves para abrir y cerrar.

 

 

Evangelio (Mt 16,13-20)

         La Confesión de Fe de Pedro inaugura una etapa nueva del ministerio mesiánico de Jesús, pues a partir de ese momento comienza a manifestar o enseñar algo nuevo; algo que antes no enseñaba: el anuncio de su pasión (Mt 16,21). Además este acto de fe en el carácter mesiánico de Jesús marca un claro hito teológico en el evangelio. En efecto, por primera vez Jesús pregunta a sus discípulos respecto de su propia persona y recibe una clarísima confesión de su carácter mesiánico. De todo esto se deduce que este pasaje es medular en el Evangelio pues se abordan los temas de la identidad de Jesús y de la iglesia[2].

            Jesús pregunta a sus discípulos sobre la opinión que tiene la gente acerca del “hijo del hombre”. En las otras ocasiones del evangelio de Mateo en las cuales Jesús utiliza la expresión “hijo del hombre” para referirse de sí mismo, siempre hay un contexto escatológico (Mt 16,28; 24,30; 26,64), por lo que se concluye que la referencia más probable es la figura del “hijo de hombre” de la profecía de Daniel (cf. Dn 7,13-14).

            Los discípulos refieren las opiniones de la gente, que tienen en común ubicar a Jesús en la categoría de profeta. Es innegable que Jesús fue logrando durante su ministerio en Galilea un prestigio creciente y que debió ser un gran signo de interrogación tanto para el pueblo como para las autoridades y, por ende, un personaje cuya identidad se procuró precisar. Entre las respuestas de la gente se destaca la identificación con Elías, quien vendría a preparar la llegada del Mesías. Como bien señala U. Luz[3], más allá de las diversas opiniones, lo importante es que la gente no acierta con la verdadera identidad de Jesús pues si bien le reconocen una dimensión profética, no han descubierto su carácter mesiánico ni divino.

            Sigue luego la pregunta, dirigida a todos sus discípulos, pero contestada sólo por Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Así Pedro confiesa la identidad de Jesús, su mesianidad y su divinidad; o sea que Jesús es más que un profeta o precursor del Mesías. Es el mismo Mesías; más aún, es el Hijo de Dios vivo.

         Luego de esta confesión de fe Jesús dirige unas palabras de manera exclusiva a Pedro. En primer lugar lo declara bienaventurado, feliz, porque ha llegado a este conocimiento suyo por una revelación del Padre (cf. Mt 11,25-30), no como fruto de la naturaleza humana (“la carne y la sangre”). Por tanto la respuesta de Pedro sobre la identidad de Jesús es acertada porque ha sido inspirada por Dios mismo, se la ha revelado (ἀπεκάλυψέν) el mismo Padre.

            Acto seguido Jesús le confía una misión especial ligada al “sobrenombre” o apodo que le impone: ser la roca sobre la que se edificará la iglesia (el nombre de Pedro se vincula con el de piedra según el origen griego de este término: pe,tra-petra). Ya en Jn 1,42 se hacía referencia a este nombre nuevo de Pedro: “Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas” (Κηφᾶς), que traducido significa Pedro (Πέτρος)”. En Juan se conserva el original arameo utilizado por Jesús, por tanto Jesús ha llamado a Simón literalmente “piedra” (kηφᾶς) y ha dicho que sobre esta “piedra”, o sea la persona de Pedro, edificará la Iglesia. Ya desde el AT la piedra simboliza el lugar que permite tener firme apoyo y seguridad (cf. Sal 62,3: “sólo él es mi roca, mi salvación, mi baluarte; no vacilaré”). Por su parte en el sermón del monte Jesús compara al que escucha y cumple sus palabras con alguien que construye su casa sobre roca para señalar la solidez de la misma (Mt 7,24-25).

       El término ekklesía (iglesia), por su parte, traduce el hebreo qahal con el sentido de convocatoria: designa al grupo de personas que se han reunido pues han sido convocadas-llamadas por Dios. En Mateo se hace referencia al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que surge en reemplazo de Israel como signo histórico y sociológico de la presencia del Reino de Dios[4]

        La iglesia fundada sobre la roca de Pedro tiene la promesa de que el reino de la muerte (Hades) no prevalecerá contra ella. Vale decir, garantiza la permanencia de la fe de la Iglesia más allá de la muerte. En su Iglesia, Jesús le otorga a Pedro el poder (simbolizado por las llaves) de atar y desatar, es decir, de admitir y excomulgar; de permitir y prohibir; de perdonar y condenar, de aprobar o desaprobar las interpretaciones del evangelio.

        Indiscutible es el lugar preeminente de Pedro en los Evangelios y en muchos de los demás escritos neotestamentarios. Esto no sólo lo reconoce la tradición exegética católica sino también la protestante. Al respecto vale la pena citar “in extenso” a U. Luz quien pertenece a la tradición evangélica[5]: “Es claro, por último, que Pedro tiene una función intransferible que ejercer en la Iglesia: él es el cimiento, diferente de todo lo que se construya luego sobre él. De modo no explícito, pero alusivo, aparece también la idea de la unidad de la Iglesia, que descansa en un fundamento. […] Las puertas del Hades como paradigma del reino de los muertos, invencibles para los humanos, no serán más fuertes que la Iglesia construida sobre roca. Esto significa para la Iglesia la promesa de la perennidad mientras dure este tiempo terreno, ya que su Señor estará con ella todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20) […] Ahora se indica dónde reside la función de Pedro como roca. No se trata ya del edificio de la Iglesia, sino de las llaves para el Reino de los cielos…la misión de Pedro es abrir a los hombres el reino de los cielos, concretamente con su interpretación autorizada de la Ley; debe exponer la voluntad de Dios a la luz de Jesús para conducir a los hombres por ese camino estrecho, al final del cual se abre la puerta estrecha del reino de los cielos (cf. 7,13s). Las llaves del cielo son, por tanto, los preceptos de Jesús que Pedro proclama y expone. Simón es portero y roca como fiador y garante de la enseñanza de Jesús”.

      La preeminencia de Pedro aparece ligada a su temperamento y a su fe. A su temperamento, pues Pedro aparece como un hombre emprendedor, que toma iniciativas cuando sus hermanos se quedan y, en ocasiones, se muestra hasta temerariamente impulsivo. Es el Pedro que le pide a Jesús ir caminando sobre el agua hacia Él; que hace alarde de un coraje que le impedirá negar a Jesús, pero de quien luego reniega; que toma la palabra cuando Jesús desafía a sus discípulos a irse… Pero esta iniciativa, ligada a su temperamento, pasa a segundo plano ante el contenido de su confesión de fe. En efecto, es él quien confiesa la índole mesiánica de Jesús en el episodio de Cesarea de Filipo y, por esto mismo, Simón precede a sus hermanos en la fe.

 

Algunas reflexiones:

            Ante todo este evangelio nos enseña que el verdadero conocimiento de Cristo proviene del mismo Dios, del Padre; es una revelación, una gracia, un don celestial. Ya lo había dicho Jesús: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). La gente descubre que Jesús tiene una particular relación con Dios, de aquí que se lo considere profeta. Pero no alcanzan a descubrir la profundidad del vínculo que une a Jesús con el Padre. En cambio los discípulos, los que se han apartado del resto para acompañar más de cerca a Jesús, estos logran acceder a la identidad de Jesús como Mesías, Hijo del Dios vivo. Pero no han llegado a esto por méritos propios (no lo da la sangre ni la carne), sino por don del Padre que se los revela. En breve, el Padre es quien revela a los discípulos la verdadera identidad de Jesús.

           Por tanto, es necesario asumir y hacer propia la insistente oración que recomienda San Ignacio para la segunda semana de los ejercicios: “pedir conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” (EE nº 104).

            La otra enseñanza del evangelio, esta vez en clave eclesial, es que hace falta integrar el grupo de los discípulos, unirse a la comunidad, a la Iglesia, para conocer en profundidad a Jesús. Y esto porque el Padre le ha revelado a Pedro y a los demás discípulos la identidad de Jesús. La Iglesia es la receptora y la fiel custodia de esta revelación, de este “depósito” de la fe. Como bien nota H. U. von Balthasar[6], el atributo o la propiedad de ser “roca” que otorga fiabilidad a la fe es propio de Dios en el AT y de Cristo el NT; pero que ha querido participar de esta propiedad a Pedro y a sus sucesores. Y lo mismo podemos decir de la potestad de las llaves, que también es “participada” a hombres concretos.

            Surge aquí la cuestión de la necesidad de la Iglesia como mediación humana del misterio de Cristo. Desde los orígenes ha habido siempre tendencias gnósticas que buscaron “puentear” esta mediación de la Iglesia. Tendencias que hoy día gozan de gran actualidad y difusión mediática. Pero con esto se niega tanto el testimonio del evangelio como el realismo mismo de la Encarnación que lleva al extremo una pedagogía de Dios que viene ya del Antiguo Testamento. En efecto, el Reino de Dios que hace presente Jesús es esencialmente comunitario y está referido a un pueblo concreto a quien va destinado y que está llamado a aceptarlo y hacerlo visible. Como bien dice R. Aguirre[7]: “Si Dios interviene en la historia con un proyecto de humanidad, por algún punto concreto del tiempo y del espacio tiene que comenzar esta transformación. El Reino de Dios no se identifica simplemente con ningún pueblo concreto, pero sí conlleva la dinámica de encarnarse en uno determinado. La responsabilidad de Israel en el Antiguo Testamento y de la Iglesia en el Nuevo Testamento es aceptar el Reinado de Dios y visibilizar la transformación humanizante que supone la aceptación de esta soberanía de Dios”.

            Y lo mismo vale para la misión de “roca” concedida a Pedro. Al respecto dice J. Ratzinger: “Abrahán, el padre de todos los creyentes, es con su fe la roca que sostiene la creación, rechazando el caos, el diluvio originario que ataca y amenaza con arruinarlo todo. Simón, el primero que confesó a Jesús como el Cristo y primer testigo de la resurrección, se convierte ahora, con su fe renovada cristológicamente, en la roca que se opone a la sucia marea de la incredulidad y a su fuerza destructora de lo humano”[8].

            En cuanto a la potestad de las llaves podemos completar lo ya dicho con la siguiente reflexión: “Si prestamos atención a los paralelos del dicho de Jesús resucitado, citado en Jn 20,23, resulta evidente que con la autoridad de atar y desatar se entiende esencialmente el poder de perdonar los pecados confiado en Pedro a la Iglesia (cf. también Mt 18,15-18). En el centro mismo del nuevo ministerio, que priva de energía a las fuerzas de la destrucción, está la gracia del perdón. Ella es la que constituye a la Iglesia. La Iglesia está fundada en el perdón. La Iglesia en su esencia íntima es el lugar del perdón, en el que queda desterrado el caos […] La Iglesia sólo puede surgir allí donde el hombre llega a su verdad, y esta verdad consiste justamente en que tiene necesidad de la gracia. Donde el orgullo le priva de este conocimiento, no encuentra el camino que le lleva a Jesús. Las llaves del Reino de los cielos son las palabras del perdón, que únicamente lo garantiza el poder de Dios”[9].

            Y sobre la dimensión esencialmente eclesial de la fe y la humilde aceptación de las mediaciones humanas para creer recordemos las hermosas palabras de Lumen Fidei:

“J. J. Rousseau lamentaba no poder ver a Dios personalmente: « ¡Cuántos hombres entre Dios y yo! ». « ¿Es tan simple y natural que Dios se haya dirigido a Moisés para hablar a Jean Jacques Rousseau? ». Desde una concepción individualista y limitada del conocimiento, no se puede entender el sentido de la mediación, esa capacidad de participar en la visión del otro, ese saber compartido, que es el saber propio del amor. La fe es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvación” (n° 14).

“Los cristianos son « uno » (cf. Ga 3,28), sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno alcanza hasta el fondo su propio ser. Se entiende entonces por qué fuera de este cuerpo, de esta unidad de la Iglesia en Cristo, de esta Iglesia que —según la expresión de Romano Guardini— « es la portadora histórica de la visión integral de Cristo sobre el mundo », la fe pierde su « medida », ya no encuentra su equilibrio, el espacio necesario para sostenerse. La fe tiene una configuración necesariamente eclesial, se confiesa dentro del cuerpo de Cristo, como comunión real de los creyentes. Desde este ámbito eclesial, abre al cristiano individual a todos los hombres. La palabra de Cristo, una vez escuchada y por su propio dinamismo, en el cristiano se transforma en respuesta, y se convierte en palabra pronunciada, en confesión de fe. Como dice san Pablo: « Con el corazón se cree […], y con los labios se profesa » (Rm 10,10). La fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio. En efecto, « ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? » (Rm 10,14). La fe se hace entonces operante en el cristiano a partir del don recibido, del Amor que atrae hacia Cristo (cf. Ga 5,6), y le hace partícipe del camino de la Iglesia, peregrina en la historia hasta su cumplimiento. Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos (n° 22). 

“Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el « yo » del fiel y el « Tú » divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al « nosotros », se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia. Nos lo recuerda la forma dialogada del Credo, usada en la liturgia bautismal. El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo. Es posible responder en primera persona, « creo », sólo porque se forma parte de una gran comunión, porque también se dice « creemos ». Esta apertura al « nosotros » eclesial refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el Padre y el Hijo, entre el « yo » y el « tú », sino que en el Espíritu, es también un « nosotros », una comunión de personas. Por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros. Quien recibe la fe descubre que las dimensiones de su « yo » se ensanchan, y entabla nuevas relaciones que enriquecen la vida. Tertuliano lo ha expresado incisivamente, diciendo que el catecúmeno, « tras el nacimiento nuevo por el bautismo », es recibido en la casa de la Madre para alzar las manos y rezar, junto a los hermanos, el Padrenuestro, como signo de su pertenencia a una nueva familia” (n° 39).

“En el bautismo el hombre recibe también una doctrina que profesar y una forma concreta de vivir, que implica a toda la persona y la pone en el camino del bien. Es transferido a un ámbito nuevo, colocado en un nuevo ambiente, con una forma nueva de actuar en común, en la Iglesia. El bautismo nos recuerda así que la fe no es obra de un individuo aislado, no es un acto que el hombre pueda realizar contando sólo con sus fuerzas, sino que tiene que ser recibida, entrando en la comunión eclesial que transmite el don de Dios: nadie se bautiza a sí mismo, igual que nadie nace por su cuenta. Hemos sido bautizados” (n° 41).

  

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

¿Quién dicen que soy?

 

Señor del cielo y de la tierra

Tú que esperas de nosotros:

Una fe sin condiciones, un Amor como el tuyo,

Una pasión por el Reino que nos tienes preparado desde siempre…

Has querido como nosotros preguntar

Lo que dicen los demás.

 

Y sin embargo como tantos de nosotros

Has sufrido no ser reconocido,

Ni considerado, respetado o escuchado…

 

Pero el Padre tuyo, el Padre que es nuestro

El Padre que nos hermana y nos une

Ha dado de ti el testimonio perfecto.

 

De lo alto nos ha hablado

De lo profundo del universo

Y del interior más recóndito del hombre

Su voz se hace potente y nítida

Él nos dice quién eres:

 

Su hijo amado, único, perfecto y enviado

Desde el principio de los tiempos engendrado

Y de naturaleza divina, a nosotros hermanado.

 

Ata en el cielo, Señor, al corazón que te busca

Sujeta con tu lazo de Amor nuestra vida

Y danos en esta tierra la libertad serena

De elegirte en este tiempo

La gracia de alcanzar contigo: la Vida Eterna. Amén

[1] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 99.

[2] Cf. P. Bonnard, El Evangelio según San Mateo (Cristiandad; Madrid 19832) 360.

[3] Cf. U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 603.

[4] “Después de haber narrado el evangelista, en varias etapas, cómo Jesús y sus discípulos se “retiraron” de Israel, Jesús anuncia ahora, cuando se manifiesta claramente que los discípulos se han separado también del pueblo, la construcción de “su Iglesia”. Para Mateo, que narra su historia de Jesús de modo transparente para la historia de su Iglesia, se trata ahora de la “fundación” de la Iglesia”, U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 606.

[5] El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 606-610.

[6] Luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 99.

[7] Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. Ensayo de exégesis sociológica del cristianismo primitivo, Estella 1998, 57-58.

[8] J. Ratzinger, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino (San Pablo; Buenos Aires 2005) 52.

[9] J. Ratzinger, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino (San Pablo; Buenos Aires 2005) 59-60.

 

La Asunción De La Virgen María

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The Coronation of the Virgin, Gentile da Fabriano

The Coronation of the Virgin, Gentile da Fabriano c. 1422-5

15 de Agosto Solemnidad
Misa del día

Antífona de entrada     Cf. Ap 12, 1
Apareció en el cielo un gran signo:
una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies
y una corona de doce estrellas en su cabeza.

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Aleluia Sagreras

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Comunión: Salve Cristo Pan de Vida 

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Domingo 20 durante el año – A

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Jesús y la cananea. Pieter Lastman (1617).

Jesús y la cananea. Pieter Lastman (1617).

XX DOMINGO

Antífona de entrada     Sal 83, 10-11
Señor, protector nuestro, mira el rostro de tu Ungido,
porque vale más un día en tus atrios que mil en otra parte.

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Salmo 66 Descargar

 

DOMINGO 20 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

De los comentarios del P. Damián Nannini

Primera lectura (Isa 56,1.6-7)

Con el capítulo 56 comienza la tercera parte de la profecía de Isaías y los primeros versículos (56,1-8) enuncian las cuestiones que seguirán: la necesidad de obrar justamente, la ampliación de los miembros en la comunidad, el pecado que retrasa la llegada de la salvación plena.

Según H. Simián-Yofre[1] Is 56,1-8 es un texto de reconciliación. Primero reconciliación entre el templo como casa de oración y como lugar de sacrificios. Debemos recordar que durante el exilio no fue posible celebrar los sacrificios y sólo quedaba la posibilidad de orar para entrar en relación con Dios. A la vuelta del exilio era importante conservar estas dos dimensiones de la relación con Dios: la oración y los sacrificios; el templo como lugar preferencial para ambos y el sábado como el día mejor para realizarlos. En segundo lugar de reconciliación entre puros e impuros por cuanto el templo está abierto también a los extranjeros que sirvan al Señor. Así este texto permite la reconciliación con todos los pueblos invitados a la montaña santa.

Esta apertura universal es ciertamente llamativa y bastante poco frecuente en el Antiguo Testamento. Al respecto nos dice un documento de la Pontificia Comisión Bíblica[2]: “Después del exilio, para preservar la pureza de la descendencia y de las creencias y observancias, “la descendencia de Israel se separó de todos los hijos de extranjeros”. Pero más tarde, el libro de Jonás y quizás también, según algunos, el de Rut denuncian la estrechez de ese particularismo. Eso no concuerda, en efecto, con un oráculo del Libro de Isaías en que Dios concede a “todos los pueblos” la hospitalidad de su casa (Is 56,3-7)”.

Evangelio (Mt 15,21-28)

Es necesario volver a recordar que en esta sección del evangelio de Mateo Jesús se distancia o retira de la gente para concentrarse en la “formación” de sus discípulos. Desde esta perspectiva puede entenderse mejor el evangelio de hoy.

De hecho, después de la controversia que Jesús tiene con los fariseos y escribas acerca de la pureza de los alimentos (cf. Mt 15,1-9), se retira (ἀνεχώρησεν en 15,21) a la región de Tiro y Sidón, o sea a Fenicia. Y de esta región viene a su encuentro una mujer cananea. Este último término era el gentilicio de los fenicios por aquel entonces y, para los israelitas, era sinónimo de pagana y se contrapone a “la casa de Israel” de 15,24[3].

La mujer grita, como muchos otros desesperados que buscan la curación por parte de Jesús (cf. Mt 9,17; 14,30; 20.30-31). Ahora bien, la mujer llama a Jesús “señor” (ku,rie) por lo que es prácticamente una oración de súplica en la que pide piedad o misericordia para su hija enferma o atormentada por un demonio. La denominación “hijo de David” implica una confesión de fe en Jesús como Mesías, como salvador enviado por Dios al pueblo de Israel. No ha dejado de llamar la atención de los estudiosos esta súplica por cuanto en la misma resuenan los salmos de súplica dirigidos a Dios (cf. Sal 6,2; 9,13; 30,9; 40,4) pero aplicados aquí a Jesús reconocido como “Señor” e “hijo de David”, lo cual es toda una profesión de fe[4].

Jesús no responde a este grito de súplica; en cambio los discípulos reaccionan intercediendo por ella, pero con una motivación más bien egoísta por cuanto no reparan en la desgracia de la mujer sino en su actitud molesta.

Ante esta “intercesión” de los discípulos, Jesús responde exponiendo el alcance de su misión según el plan de Dios: “No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. En efecto, Dios ha querido cumplir su promesa con el pueblo elegido, con todo Israel, y por ello le ha enviado a Jesús. La expresión de Jesús “he sido enviado” es un pasivo teológico, es decir que el sujeto de la acción de enviar, aunque no se nombre, se sobre entiende que es Dios. Por tanto su sentido es: “he sido enviado por el Padre a las ovejas perdidas de Israel, no a los paganos, por eso no puedo atender a la petición de esta mujer pagana, me apartaría de la misión que me ha sido encomendada por Dios”. Es el mismo alcance que ya Jesús le había dado a la misión de los Apóstoles antes de la resurrección: “No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel” (Mt 10,5-6).

Ante esta negativa, la mujer-madre-cananea redobla su apuesta: se postra ante Jesús y ya no pide misericordia, sino socorro, auxilio. Es el grito lacerante de una mujer desesperada. Este grito de ayuda recibe una nueva respuesta “teológica”: el pan de la salvación es para los hijos, no para los perros de la casa[5]. Esta última expresión refleja el trato y la consideración habitual que tenían los judíos en relación a los paganos. Si no perdemos de vista el desenlace final, no nos resultará tan chocante y aceptaremos que Jesús está poniendo a prueba la fe de esta mujer[6].

A su vez, como bien señala L. Monloubou[7], el tema del pan, con su simbolismo bíblico de don de Dios, de Palabra de Dios, nos trae a la memoria el relato de la multiplicación de los panes y el posterior rechazo de Jesús por parte de escribas y fariseos. Es decir, el pan ha sido ofrecido en abundancia al pueblo elegido, quien lo ha menospreciado o incluso rechazado. En contraste, esta mujer lo reclama vehementemente.

En su desesperación, la mujer asume la actitud de mendiga: aunque sea sólo unas migajas… En cierto modo da la razón a Jesús, pero se vale de la comparación para insistir en su pedido de ayuda para su hija. Y con esta actitud de fe confiada y perseverante termina venciendo pues le “arranca” a Jesús el milagro: “Y en ese momento su hija quedó curada”. En cierto modo, y al igual que en la bodas de Caná, Jesús anticipó su “hora”, el tiempo fijado por Dios para obrar, ante la petición de la mujer. En efecto, el mandato misionero de apertura universal – “vayan y hagan discípulos a todas las naciones” (Mt 28,19) – lo dará Jesús después de su resurrección a sus discípulos, cerrando con el mismo el evangelio de Mateo.

En fin, como bien señala U. Luz[8]: “Jesús no encerró a Dios en las fronteras de Israel, sino que se dejó conmover por la fe de la pagana. Este episodio facilitó a la comunidad mateana, separada de Israel, la posibilidad de buscar entre los paganos un nuevo espacio vital y un nuevo campo de trabajo, siguiendo el ejemplo de Jesús”.

Algunas reflexiones:

En primer lugar Mateo les recuerda a sus contemporáneos que ya en vida de Jesús la puerta de la salvación es la fe y no la pertenencia a una raza. Se salva el que cree que Jesús es el hijo de David, el Señor, sea su origen judío o pagano. Y si bien es cierto que esta puerta de la salvación no se abrió plenamente hasta después de la resurrección del Señor con el envío a todas las naciones (Mt 28,19), ya se vislumbró su vocación de universalidad en situaciones como la de este evangelio.

En segundo lugar Jesús les enseña a sus discípulos, mediante el ejemplo de una mujer pagana, qué es tener fe. Recordemos que el domingo pasado Pedro suponía tener suficiente fe como para imitar a Jesús en su prodigio de caminar sobre un mar agitado. Pero le entró la duda y recibió el reproche del Señor: “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. En cambio, hoy Jesús le dice a una mujer cananea, o sea una pagana de una raza de idólatras: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Por tanto, si queremos un ejemplo concreto de lo que es una fe grande miremos y admiremos a esta madre de una hija enferma. Podemos con verdad decir que no acepta razones ni negativas. Ama a su hija enferma, quiere desesperadamente que se sane y viva. Y cree que Jesús puede curarla. Al contrario de Pedro, no hay lugar para dudas ni vacilaciones en ella, aún a pesar de las numerosas resistencias que encuentra. En efecto, primero Jesús no le responde. Luego los discípulos le piden a Jesús que la despache. Y cuando consigue que Jesús le responda, sus afirmaciones no le dan muchas posibilidades. Sin embargo, persevera suplicando y confiando en Jesús más allá de toda duda o desilusión.

¿Qué es, por tanto, tener una fe grande? Es tener la actitud perseverante y luchadora que tuvo esta mujer-madre; es tener una confianza ilimitada puesta de manifiesto en la súplica incesante. Tener fe es soportar el silencio de Dios; o como bien decía el Card. Newman, la fe es la capacidad de soportar dudas.

Más allá de nuestra formación y nuestro status religioso, pidamos al Señor tener una fe grande como la de esta mujer pagana.

En tercer lugar, y teniendo en cuenta la primera lectura de hoy, está el tema de la universalidad de la fe cristiana. Si bien es cierto que la misma será proclamada abiertamente por Jesús a partir de su resurrección (Mt 28,19: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”); encontramos en el evangelio de hoy ya un anticipo de la misma. Y una interesante actualización de este mensaje podemos encontrarlo en la propuesta de Benedicto XVI sobre el “patio de los gentiles”, de la cual se hacen eco los Lineamenta para el próximo sínodo de los Obispos sobre “la Nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, nº 5: “«Me vienen aquí a la mente las palabras que Jesús cita del profeta Isaías, es decir, que el templo debería ser una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56, 7; Mc 11, 17). Él pensaba en el llamado “patio de los gentiles”, que desalojó de negocios ajenos a fin de que el lugar quedara libre para los gentiles que querían orar allí al único Dios, aunque no podían participar en el misterio, a cuyo servicio estaba dedicado el interior del templo. Lugar de oración para todos los pueblos: de este modo se pensaba en personas que conocen a Dios, por decirlo así, sólo de lejos; que no están satisfechos de sus dioses, ritos y mitos; que anhelan el Puro y el Grande, aunque Dios siga siendo para ellos el “Dios desconocido” (cf. Hch 17, 23). Debían poder rezar al Dios desconocido y, sin embargo, estar así en relación con el Dios verdadero, aun en medio de oscuridades de diversas clases. Creo que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de “patio de los gentiles” donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia […] La imagen del “patio de los gentiles” se nos ofrece como un ulterior elemento en la reflexión sobre la “nueva evangelización”, que pone de manifiesto la audacia de los cristianos de no renunciar jamás a buscar positivamente todos los caminos para delinear formas de diálogo que correspondan a las esperanzas más profundas y a la sed de Dios de los hombres. Tal audacia permite colocar dentro de este contexto la pregunta sobre Dios, compartiendo la propia experiencia en la búsqueda y comunicando como un don el encuentro con el Evangelio de Jesucristo»”.

Por último, no podemos dejar de ver en la cananea, como hacía San Agustín, un gran modelo de humildad y de oración. En efecto, “una de las causas más profundas de sufrimiento para un creyente son la oraciones no escuchadas. Hemos orado durante semanas, meses y quizás años por una cierta cosa. Pero, nada. Dios parecía sordo. La mujer cananea está allí, encumbrada para siempre con el papel de institutriz y maestra de perseverancia en la oración […] Dios escucha asimismo cuando…no escucha. Y su no escuchar es ya un socorrer. Retardando en el oír, Dios hace, sí, que nuestro deseo crezca, que el objeto de nuestra oración se engrandezca; que de las cosas materiales pasemos a las espirituales, de las cosas temporales a las eternas, de las pequeñas cosas pasemos a las grandes. De este modo, él puede darnos mucho más de cuanto inicialmente habíamos venido a pedirle”[9].

La fe de la cananea pudo superar el silencio de Dios. El mismo no debe asustarnos porque Jesús mismo tuve que pasar por él; y tras los santos. Del mismo habla con profundidad el Papa Benedicto XVI en Verbum Domini n° 21: “Como pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios habla por medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada. Colgado del leño de la cruz, se quejó del dolor causado por este silencio: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46). Jesús, prosiguiendo hasta el último aliento de vida en la obediencia, invocó al Padre en la oscuridad de la muerte. En el momento de pasar a través de la muerte a la vida eterna, se confió a Él: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Esta experiencia de Jesús es indicativa de la situación del hombre que, después de haber escuchado y reconocido la Palabra de Dios, ha de enfrentarse también con su silencio. Muchos santos y místicos han vivido esta experiencia, que también hoy se presenta en el camino de muchos creyentes. El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su silencio. Por tanto, en la dinámica de la revelación cristiana, el silencio aparece como una expresión importante de la Palabra de Dios”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Las migas

Muchos apenas
Las migas caídas
Del pan de los hijos,
Pretenden comer.
Pero ahora somos
Tus hijos hambrientos
Venimos vacíos
Solo a pedir.
Aliméntanos siempre
Del pan de ternura
De la sangre que es vino
Y el Pan, Amor de locura. Amen

[1] Isaías. Texto y Comentario (La Casa de la Biblia 1995) 262-263.

[2] El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana (Roma; 2002) nº 54.

[3] Cf. U. Luz, El evangelio según san Mateo Vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 568-569.

[4] Cf. “La cananea o siro-fenicia”, en J.- F. Baudoz, Lectura sinóptica de los evangelios. Cinco ejercicios de lectura (CB 103; Verbo Divino 2000) 37-54.

[5] El término empleado aquí es kynarion que para algunos es un diminutivo, de allí su traducción por “cachorros”; mientras que para otros designa a los perros domésticos, de la casa, en contraposición a los callejeros.

[6] “La concepción popular tradicional ve a los israelitas como hijos, destinatarios del banquete mesiánico, y a los gentiles como perros. Jesús prueba así la fe de la mujer”, A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 149.

[7] Leer y predicar el evangelio de Mateo (Sal Terrae; Santander 1981) 206.

[8] El evangelio según san Mateo Vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 574.

[9] R. Cantalamessa, Echad las redes. Reflexiones sobre los evangelios. Ciclo A (EDICEP; Madrid 2003) 287-288.

Domingo 19 durante el año – A

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Jesús camina sobre las aguas

Jesús camina sobre las aguas

XIX DOMINGO

Antífona de entrada     Sal 73, 20. 19. 22. 23
Acuérdate, Señor, de tu alianza, y no olvides para siempre a tus pobres.
Levántate, Dios, defiende tu causa
y no desoigas el clamor de los que te invocan.

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DOMINGO 19 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

De los comentarios del P. Damián Nannini

Evangelio (Mt 14,22-33)

            Inmediatamente después de la multiplicación de los panes (evangelio del domingo pasado) Jesús manda a sus discípulos que suban a la barca y pasen a la otra orilla; mientras Él despide a la multitud y se retira a la montaña para orar a solas. Por tanto, la compasión ante la multitud llevó a Jesús a posponer su búsqueda de soledad para orar, pero al atardecer puede hacer realidad su deseo.

            A continuación el relato se focaliza en la barca con los discípulos, la cual es “atormentada” por el viento. De hecho, el verbo utilizado (basani,zw) expresa más bien la idea de sufrimiento o tormento humano (cf. Mt 8,6.29); y muy raramente se refiere a las cosas, como en este caso a la barca. Por ello es legítima la interpretación eclesiológica por cuanto el mar, la tempestad y la noche son símbolos de la inseguridad, la angustia y la muerte que se abaten sobre la comunidad.

            En este contexto, a la madrugada (el texto habla de la cuarta vigilia de la noche, o sea entre las 3 hs. y las 6 hs.) Jesús se acerca a la barca caminando sobre el mar. En la Biblia es el tiempo privilegiado de la acción salvadora de Yavé (cf. Ex 14,24; Sal 46,6; Is 17,4)[1].

            Los discípulos creen ver un fantasma y gritan de miedo ante la presencia de Jesús que viene sobre las aguas. Jesús les habla y sus palabras tienen una fuerte carga teológica: “Ánimo, soy yo, no teman”. La primera palabra de Jesús es un imperativo θαρσεῖτε (“ánimo, tengan confianza”) que en los evangelios es siempre una invitación a tener coraje, a confiar, a estar bien; y que casi exclusivamente aparece en boca de Jesús (cf. Mt 9,2.22; Jn 16,33; He 23,11). El soy yo (evgw, eivmi) evoca la auto presentación de Yavé en el AT (cf. Ex 3,14; Dt 32,39; Is 41,4; 43,10; 48,12; 51,12). También la invitación a no temer (μὴ φοβεῖσθε) la dirige varias veces Dios al pueblo de Israel (cf. Gn 15,1; 26,24; 28,13; 46,3; Is 41,13) y Jesús a sus discípulos (cf. Mt 10,28.31; 17,10; 28,10). Por tanto, Jesús caminando sobre las aguas manifiesta su condición divina, la cual viene explicitada por sus palabras: Jesús obra con el poder de Dios y habla como Dios.

            Sigue el requerimiento de Pedro, por demás de llamativo, pues pide realizar una acción imposible para un hombre y exclusiva de Dios. Hay que señalar que su pedido incluye cierta duda pues lo expresa en condicional: “si eres tú”. Ya el tentador le pidió a Jesús, también en condicional (“Si eres Hijo de Dios…”), que mediante un acto extraordinario demuestre su identidad divina. También es llamativo que el Señor le conceda el pedido y lo llame a ir hacia Él. Pedro comienza bien, pero en cierto momento aparta su mirada de Jesús y la dirige al viento tempestuoso, con lo cual lo domina el miedo. Al ver que se hunde, grita por auxilio al Señor, quien lo rescata. Luego el mismo Jesús da la razón de este fracaso: tuvo poca fe, lo dominó la duda.

            “En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó”. Es interesante notar que recién ahora se calma el viento tempestuoso. Y este prodigio provoca la admiración y la confesión de fe de los discípulos: “verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”.

Algunas reflexiones:

            El domingo pasado tomamos nota de que en esta sección del evangelio de Mateo Jesús se distancia o retira de los demás para concentrarse en la “formación” de sus discípulos. Esto es patente en el evangelio de este domingo.

            El Intrumentum laboris del sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios, en la segunda parte del capítulo primero, nos dice que en el corazón de la Palabra de Dios se encuentran el misterio de Cristo y el misterio de la Iglesia. Esta afirmación, válida para toda la Sagrada Escritura, es exactísima para la teología del evangelio de Mateo. Este evangelista siempre tiene ante sus ojos la vida de Jesús y la vida de la Iglesia pues su intención es ayudar a su comunidad a descubrir la presencia del Señor Resucitado en medio de ellos. Un claro ejemplo de esto lo tenemos en el evangelio de este domingo.

            Por un lado tenemos a Jesús que “sube al monte para orar a solas”, resaltando su vinculación esencial con Dios, su pertenencia al “mundo de lo divino”. Y esta realidad se pone de manifiesto en su caminar sobre las aguas agitadas por el viento. Su ser hijo de Dios le permite trascender una realidad caótica, sin dejarse intimidar ni obstaculizar por ella en su intención de alcanzar la barca de los discípulos, imagen de la Iglesia. Más aún, apenas sube a ella el viento se calma. Los discípulos, testigos de todo esto, terminan reconociendo la filiación divina de Jesús. Pero sólo después de haber gritado de miedo y de desesperación, la fe en el Hijo de Dios les devuelve la calma.

            Por otro lado sabemos que desde los primeros tiempos la barca ha sido vista como figura de la Iglesia y por tanto este evangelio busca iluminar la situación de la comunidad eclesial en tiempos de Mateo; y en todos los tiempos. En efecto, “la historia de la Iglesia está hecha de escenas semejantes: hay una aparente ausencia del Señor, hay dificultades para avanzar, hay fuerzas que se oponen, hay tinieblas que rodean, hay elementos que maltratan al pueblo de Dios. Y por sobre todo esto, está nuestra falta de fe que nos impide reconocer al Señor cuando se acerca a nosotros. Pero sin embargo él viene, nos devuelve la calma y tranquiliza el viento y las olas”[2].

            Como actualización eclesial nos parece también muy buena la síntesis del mensaje de este evangelio que nos ofrece U. Luz[3]: “Lo importante para Mateo es esto: la presencia salvadora de Dios no consiste en que no se levanten tempestades, sino en que se haga sentir en medio de ellas. El que arriesga la obediencia y deja de lado sus seguridades, siente la presencia salvadora. La ayuda de Dios no consiste en que la fe radiante y firme niegue las tempestades de la vida. La fe es a veces “poca fe”, esa amalgama de coraje y angustia, de oír al Señor y ver el viento, de confianza y duda, que según Mateo es un rasgo fundamental de la existencia cristiana. No es que Mateo considere la duda como una nota necesaria de la fe; pero tampoco la condena. En eso consiste precisamente la experiencia que hace el creyente: el Señor asume y supera la duda”.

           Por tanto, el evangelio nos presenta claramente la divinidad de Jesús y, al mismo tiempo, nos presenta la dificultad de creer y de perseverar en esta fe. En este sentido podemos ver en la figura de Pedro el camino de la fe de todo creyente. Nos lo explica magistralmente R. Guardini[4]:

“Pedro se levanta, sale de la barca, fija su mirada en la de Jesús, pone el pie sobre el agua y ésta le lleva, efectivamente. Tiene fe y, gracias a ella, se coloca en el domino de la fuerza de Jesús […] Creer es participar en el ser mismo de Jesús, en lo que es Jesús, no por su creencia, sino por su existencia. San Pedro está en el campo magnético de esta fuerza y realiza en ella con Cristo lo que Cristo hace. Pero toda acción divina es viviente. Oscila, sube y baja. En tanto que San Pedro tiene fija su mirada en la de Jesús, en tanto su fe está íntimamente adherida a la voluntad del Señor, el agua le sostiene. Pero la energía de su confianza disminuye en un momento dado, emerge su conciencia humana y siente el vaivén de las olas. He aquí el momento de la prueba. Pero en lugar de fijar más profundamente su mirada en la de Jesús, se desliga de Él. El campo magnético se diluye; Pedro se hunde y la fe “que vence al mundo” se convierte en grito de desesperación: “Señor, sálvame” […] Raros son los momentos en que nuestra mirada está fija en Dios y el campo magnético queda cerrado. La tormenta que mueve nuestra conciencia suele ser más potente que la pálida imagen de Jesús. Las más de las veces las aguas no parecen poder sostenernos, y las palabras de Jesús que nos llevarán a pesar de todo, nos suenan a piadoso simbolismo. Lo que sucedió a san Pedro se repite todos los días en la vida del cristiano. Porque debemos confesar que despreciar, inspirándonos en la palabra de Cristo, lo que es grande a los ojos del mundo, declarar decisivo lo que el mundo considera mezquino, aceptar la incesante contradicción de los hombres y del propio yo y ser constante a pesar de todo ello, no es más fácil que lo que hizo san Pedro”.

            Por último, en una lectura litúrgica que tiene en cuenta la relación con la primera lectura de hoy, podemos señalar como mensaje una invitación a descubrir la presencia del Señor en las cosas sencillas y cotidianas, más que en las espectaculares y ruidosas. En efecto, Elías también va al encuentro del Señor en medio de una gran crisis pues como comenta el Card. Martini[5]: “esperaba que Dios cambiara el corazón de la reina y, no viendo ningún indicio de ello, se abate y deprime. Quizá piense, por lo demás, que Yahvé lo ha abandonado, que lo ha ilusionado, que le ha hecho esperar aquella victoria plena que no se ha realizado. Así, las fuerzas se hunden, el miedo lo invade, la angustia lo ahoga, lo oprime y no puede más”. Y al Señor lo encuentra, no en el viento huracanado, el terremoto o el fuego; sino en la brisa sutil y casi imperceptible que le recuerda a Elías que Dios sigue obrando en la historia y sigue siendo el Señor de la historia, aunque su actuación no sea espectacular ni evidente a los ojos humanos. Como bien señala el Card. Vanhoye[6] esta manifestación indica que “Dios se encuentra verdaderamente en el interior de todas las realidades y de todas las personas; está presente en nuestro corazón, aunque no lo veamos”. Y para descubrir esta presencia Divina hace más fe y más confianza en Él. Esto contrasta con el pedido de Pedro de caminar sobre las aguas al igual que Jesús. Lo mejor hubiera sido que permaneciera en la barca azotada por el viento, creyendo y esperando en el Señor.

            En síntesis, pensamos que el camino de la fe es el mensaje central de las lecturas de este domingo. Más precisamente, se trata de una invitación a una mayor fe para descubrir la realidad de la presencia de Dios en nuestra vida personal y eclesial. Y otra vez de damos la palabra a R. Guardini[7]: “En el centro de todo lo que el hombre puede pensar y experimentar, en medio de lo que llamamos mundo, surge una realidad que no pertenece al mundo; un lugar en el que se puede entrar, un espacio en el que se puede penetrar, una fuerza sobre la que nos podemos apoyar, un amor al que nos podemos confiar. Todo esto es una realidad diferente del mundo más real que éste. Tener fe significa captar esta realidad, unirse a ella, fundamentarse sobre ella. Vivir de la fe significa tomar en serio esta realidad”.

              De modo semejante se manifestaba el joven teólogo J. Ratzinger[8]: “La fe es un sujetarse a Dios, en quien tiene el hombre un firme apoyo para toda su vida. La fe se describe, pues, como un agarrarse firmemente, como un permanecer en pie confiadamente sobre el suelo de la Palabra de Dios […] Creer cristianamente significa confiarse a la inteligencia que me lleva a mí y al mundo, considerarla como el fundamento firme sobre el que puedo permanecer sin miedo alguno. En lenguaje más tradicional podemos afirmar que creer cristianamente significa comprender nuestra existencia como respuesta a la palabra, al logos que lleva y sostiene todo”.

            Vivir de fe supone un permanente ejercicio de buscar con nuestra mirada la presencia de Jesús. A veces es tal la presión del ambiente y la confusión en nuestro interior, fruto del temor, que podemos pensar que se trata de una ilusión, que sólo vemos un fantasma. Tenemos fe, pero poca fe. Pidamos, entonces, al Señor que nos salve. Pidamos al Señor que aumente nuestra fe.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Tu derrotero, Señor

Una oración de Amor

Es al Padre de los cielos

Una oración de Amor

Me deja lleno de fuerza y sin miedos.

Una plegaria en silencio

Cuando se duerme la luz del día

Una plegaria en soledad

Es la caricia de Dios que yo espero.

La iglesia hace oración

La iglesia es la barca de tu pueblo

Cuando se agitan las olas del mar

Tú nos sales al encuentro.

No hay viento que pueda torcer

La senda que marca tu derrotero

Tiene un camino de fe marcado

Que nos conduce a tu Reino. Amén.

[1] Cf. U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 536.

[2] L. H. Rivas, Jesús habla a su Pueblo 3. Ciclo A (CEA; Buenos Aires 2001) 149.

[3] U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 540.

[4] El Señor (Rialp; Madrid 1963) 346-353.

[5] C. Martini, El Dios viviente, 67.

[6] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo A (Mensajero; Bilbao 2003) 244.

[7] El Señor (Rialp; Madrid 1963) 346-353.

[8] Introducción al cristianismo, 48.52. La cursiva es nuestra.

Domingo 16 durante el año – A

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Las espigadoras

Las espigadoras, también conocido como Las cosechadoras, es un cuadro del pintor francés Jean-François Millet. Pintado al óleo, realizado en 1857, es una representación realista de mujeres espigando

XVI DOMINGO

Antífona de entrada    Sal 53, 6. 8

 
Dios es mi ayuda, el Señor es mi verdadero sostén.

Te ofreceré un sacrificio voluntario,

daré gracias a tu nombre porque es bueno.
 

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Domingo 14 durante el año – A

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Agnus Dei (Zurbarán)

Agnus Dei (Zurbarán)

XIV DOMINGO

Antífona de entrada     Sal 47, 10-11
En tu santo templo, Señor, evocamos tu misericordia;
la gloria de tu nombre llega hasta los confines de la tierra.
Tu derecha está llena de justicia.

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San Pedro y San Pablo

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Jusepe de Ribera Saint Peter and Saint Paul (ca. 1616) Musée des Beaux-Arts, Strasbourg

Jusepe de Ribera
Saint Peter and Saint Paul (ca. 1616)
Musée des Beaux-Arts, Strasbourg

Antífona de entrada
Estos hombres, durante su vida terrena, plantaron la Iglesia con su sangre,
bebieron el cáliz del Señor y llegaron a ser amigos de Dios.

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Aleluia Sagreras

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Cuerda + Acompañamiento

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Salida: En medio de los Pueblos Descargar

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Solemnidad Santos Apóstoles y mártires Pedro y Pablo

Martirologio Romano: Solemnidad de san Pedro y san Pablo, apóstoles. Simón, hijo de Jonás y hermano de Andrés, fue el primero entre los discípulos que confesó a Cristo como Hijo de Dios vivo, y por ello fue llámado Pedro. Pablo, apóstol de los gentiles, predicó a Cristo crucificado a judíos y griegos. Los dos, con la fuerza de la fe y el amor a Jesucristo, anunciaron el Evangelio en la ciudad de Roma, donde, en tiempo del emperador Nerón, ambos sufrieron el martirio: Pedro, como narra la tradición, crucificado cabeza abajo y sepultado en el Vaticano, cerca de la vía Triunfal, y Pablo, degollado y enterrado en la vía Ostiense. En este día, su triunfo es celebrado por todo el mundo con honor y veneración. ( c.67)

Origen de la fiesta San Pedro y San Pablo son apóstoles, testigos de Jesús que dieron un gran testimonio. Se dice que son las dos columnas del edificio de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo.

Los cadáveres de San Pedro y San Pablo estuvieron sepultados juntos por unas décadas, después se les devolvieron a sus sepulturas originales. En 1915 se encontraron estas tumbas y, pintadas en los muros de los sepulcros, expresiones piadosas que ponían de manifiesto la devoción por San Pedro y San Pablo desde los inicios de la vida cristiana. Se cree que en ese lugar se llevaban a cabo las reuniones de los cristianos primitivos. Esta fiesta doble de San Pedro y San Pablo ha sido conmemorada el 29 de Junio desde entonces.

El sentido de tener una fiesta es recordar lo que estos dos grandes santos hicieron, aprender de su ejemplo y pedirles en este día especialmente su intercesión por nosotros.

San Pedro

 San Pedro fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Su nombre era Simón, pero Jesús lo llamó Cefas que significa “piedra” y le dijo que sería la piedra   sobre la que edificaría Su Iglesia. Por esta razón, le conocemos como Pedro. Era pescador de oficio y Jesús lo llamó a ser pescador de hombres, para darles a conocer el amor de Dios y el mensaje de salvación. Él aceptó y dejó su barca, sus redes y su casa para seguir a Jesús.

Pedro era de carácter fuerte e impulsivo y tuvo que luchar contra la comodidad y contra su gusto por lucirse ante los demás. No comprendió a Cristo cuando hablaba acerca de sacrificio, cruz y muerte y hasta le llegó a proponer a Jesús un camino más fácil; se sentía muy seguro de sí mismo y le prometió a Cristo que nunca lo negaría, tan sólo unas horas antes de negarlo tres veces.

Vivió momentos muy importantes junto a Jesús:

  • Vio a Jesús cuando caminó sobre las aguas. Él mismo lo intentó, pero por desconfiar estuvo a punto de ahogarse.
  • Prensenció la Transfiguración del Señor.
  • Estuvo presente cuando aprehendieron a Jesús y le cortó la oreja a uno de los soldados atacantes.
  • Negó a Jesús tres veces, por miedo a los judíos y después se arrepintió de hacerlo.
  • Fue testigo de la Resurrección de Jesús.
  • Jesús, después de resucitar, le preguntó tres veces si lo amaba y las tres veces respondió que sí. Entonces, Jesús le confirmó su misión como jefe Supremo de la Iglesia.
  • Estuvo presente cuando Jesús subió al cielo en la Ascensión y permaneció fiel en la oración esperando al Espíritu Santo.
  • Recibió al Espíritu Santo el día de Pentecostés y con la fuerza y el valor que le entregó, comenzó su predicación del mensaje de Jesús. Dejó atrás las dudas, la cobardía y los miedos y tomó el mando de la Iglesia, bautizando ese día a varios miles de personas.
  • Realizó muchos milagros en nombre de Jesús.

En los Hechos de los Apóstoles, se narran varias hazañas y aventuras de Pedro como primer jefe de la Iglesia. Nos narran que fue hecho prisionero con Juan, que defendió a Cristo ante los tribunales judíos, que fue encarcelado por orden del Sanedrín y librado milagrosamente de sus cadenas para volver a predicar en el templo; que lo detuvieron por segunda vez y aún así, se negó a dejar de predicar y fue mandado a azotar.

Pedro convirtió a muchos judíos y pensó que ya había cumplido con su misión, pero Jesús se le apareció y le pidió que llevara esta conversión a los gentiles, a los no judíos.

En esa época, Roma era la ciudad más importante del mundo, por lo que Pedro decidió ir allá a predicar a Jesús. Ahí se encontró con varias dificultades: los romanos tomaban las creencias y los dioses que más les gustaban de los distintos países que conquistaban. Cada familia tenía sus dioses del hogar. La superstición era una verdadera plaga, abundaban los adivinos y los magos. Él comenzó con su predicación y ahí surgieron las primeras comunidades cristianas. Estas comunidades daban un gran ejemplo de amor, alegría y de honestidad, en una sociedad violenta y egoísta. En menos de trescientos años, la mayoría de los corazones del imperio romano quedaron conquistados para Jesús. Desde entonces, Roma se constituyó como el centro del cristianismo.

En el año 64, hubo un incendio muy grande en Roma que no fue posible sofocar. Se corría el rumor de que había sido el emperador Nerón el que lo había provocado. Nerón se dio cuenta que peligraba su trono y alguien le sugirió que acusara a los cristianos de haber provocado el incendio. Fue así como se inició una verdadera “cacería” de los cristianos: los arrojaban al circo romano para ser devorados por los leones, eran quemados en los jardines, asesinados en plena calle o torturados cruelmente. Durante esta persecución, que duró unos tres años, murió crucificado Pedro por mandato del emperador Nerón.

Pidió ser crucificado de cabeza, porque no se sentía digno de morir como su Maestro. Treinta y siete años duró su seguimiento fiel a Jesús. Fue sepultado en la Colina Vaticana, cerca del lugar de su martirio. Ahí se construyó la Basílica de San Pedro, centro de la cristiandad.

San Pedro escribió dos cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

¿Qué nos enseña la vida de Pedro?

Nos enseña que, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. A pesar de todos los defectos que tenía, Pedro logró cumplir con su misión. Para ser un buen cristiano hay que esforzarse por ser santos todos los días. Pedro concretamente nos dice: “Sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado” (I Pedro, 1,15)
Cada quien, de acuerdo a su estado de vida, debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad.
Nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.

La Institución del Papado

Toda organización necesita de una cabeza y Pedro fue el primer jefe y la primera cabeza de la Iglesia. Fue el primer Papa de la Iglesia Católica. Jesús le entregó las llaves del Reino y le dijo que todo lo que atara en la Tierra quedaría atado en el Cielo y todo lo que desatara quedaría desatado en el Cielo. Jesús le encargó cuidar de su Iglesia, cuidar de su rebaño. El trabajo del Papa no sólo es un trabajo de organización y dirección. Es, ante todo, el trabajo de un padre que vela por sus hijos.

El Papa es el representante de Cristo en el mundo y es la cabeza visible de la Iglesia. Es el pastor de la Iglesia, la dirige y la mantiene unida. Está asistido por el Espíritu Santo, quien actúa directamente sobre Él, lo santifica y le ayuda con sus dones a guiar y fortalecer a la Iglesia con su ejemplo y palabra. El Papa tiene la misión de enseñar, santificar y gobernar a la Iglesia.

Nosotros, como cristianos debemos amarlo por lo que es y por lo que representa, como un hombre santo que nos da un gran ejemplo y como el representante de Jesucristo en la Tierra. Reconocerlo como nuestro pastor, obedecer sus mandatos, conocer su palabra, ser fieles a sus enseñanzas, defender su persona y su obra y rezar por Él.

Cuando un Papa muere, se reúnen en el Vaticano todos los cardenales del mundo para elegir al nuevo sucesor de San Pedro y a puerta cerrada, se reúnen en Cónclave (que significa: cerrados con llave). Así permanecen en oración y sacrificio, pidiéndole al Espíritu Santo que los ilumine. Mientras no se ha elegido Papa, en la chimenea del Vaticano sale humo negro y cuando ya se ha elegido, sale humo blanco como señal de que ya se escogió al nuevo representante de Cristo en la Tierra.

San Pablo

Su nombre hebreo era Saulo. Era judío de raza, griego de educación y ciudadano romano. Nació en la provincia romana de Cilicia, en la ciudad de Tarso. Era inteligente y bien preparado. Había estudiado en las mejores escuelas de Jerusalén.
Era enemigo de la nueva religión cristiana ya que era un fariseo muy estricto. Estaba convencido y comprometido con su fe judía. Quería dar testimonio de ésta y defenderla a toda costa. Consideraba a los cristianos como una amenaza para su religión y creía que se debía acabar con ellos a cualquier costo. Se dedicó a combatir a los cristianos, quienes tenían razones para temerle. Los jefes del Sanedrín de Jerusalén le encargaron que apresara a los cristianos de la ciudad de Damasco.

En el camino a Damasco, se le apareció Jesús en medio de un gran resplandor, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” ( Hechos de los Apóstoles 9, 1-9.20-22.).
Con esta frase, Pablo comprendió que Jesús era verdaderamente Hijo de Dios y que al perseguir a los cristianos perseguía al mismo Cristo que vivía en cada cristiano. Después de este acontecimiento, Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada. Lo llevaron a Damasco y pasó tres días sin comer ni beber. Ahí, Ananías, obedeciendo a Jesús, hizo que Saulo recobrara la vista, se levantara y fuera bautizado. Tomó alimento y se sintió con fuerzas.
Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco y después empezó a predicar a favor de Jesús, diciendo que era el Hijo de Dios. Saulo se cambió el nombre por Pablo. Fue a Jerusalén para ponerse a la orden de San Pedro.

La conversión de Pablo fue total y es el más grande apóstol que la Iglesia ha tenido. Fue el “apóstol de los gentiles” ya que llevó el Evangelio a todos los hombres, no sólo al pueblo judío. Comprendió muy bien el significado de ser apóstol, y de hacer apostolado a favor del mensaje de Jesús. Fue fiel al llamado que Jesús le hizo en al camino a Damasco.

Llevó el Evangelio por todo el mundo mediterráneo. Su labor no fue fácil. Por un lado, los cristianos desconfiaban de él, por su fama de gran perseguidor de las comunidades cristianas. Los judíos, por su parte, le tenían coraje por “cambiarse de bando”. En varias ocasiones se tuvo que esconder y huir del lugar donde estaba, porque su vida peligraba. Realizó cuatro grandes viajes apostólicos para llevar a todos los hombres el mensaje de salvación, creando nuevas comunidades cristianas en los lugares por los que pasaba y enseñando y apoyando las comunidades ya existentes.

Escribió catorce cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

Al igual que Pedro, fue martirizado en Roma. Le cortaron la cabeza con una espada pues, como era ciudadano romano, no podían condenarlo a morir en una cruz, ya que era una muerte reservada para los esclavos.

¿Qué nos enseña la vida de San Pablo?

Nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos. Todos los cristianos debemos ser apóstoles, anunciar a Cristo comunicando su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar donde viva, y de diferentes maneras.

Nos enseña el valor de la conversión. Nos enseña a hacer caso a Jesús dejando nuestra vida antigua de pecado para comenzar una vida dedicada a la santidad, a las buenas obras y al apostolado.

Esta conversión siguió varios pasos:
1. Cristo dio el primer paso: Cristo buscó la conversión de Pablo, le tenía una misión concreta.
2. Pablo aceptó los dones de Cristo: El mayor de estos dones fue el de ver a Cristo en el camino a Damasco y reconocerlo como Hijo de Dios.
3. Pablo vivió el amor que Cristo le dio: No sólo aceptó este amor, sino que los hizo parte de su vida. De ser el principal perseguidor, se convirtió en el principal propagador de la fe católica.
4. Pablo comunicó el amor que Cristo le dio: Se dedicó a llevar el gran don que había recibido a los demás. Su vida fue un constante ir y venir, fundando comunidades cristianas, llevando el Evangelio y animando con sus cartas a los nuevos cristianos en común acuerdo con San Pedro.

Estos mismos pasos son los que Cristo utiliza en cada uno de los cristianos. Nosotros podemos dar una respuesta personal a este llamado. Así como lo hizo Pablo en su época y con las circunstancias de la vida, así cada uno de nosotros hoy puede dar una respuesta al llamado de Jesús.

 

 

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – A

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Adoración del Corpus Christi, Óleo de Jerónimo Jacinto Espinosa, Museo del Patriarca, Valencia (España)

Adoración del Corpus Christi, Óleo de Jerónimo Jacinto Espinosa, Museo del Patriarca, Valencia (España)

Antífona de entrada Cf. Sal 80, 17

El Señor los alimentó con lo mejor del trigo, y
los sació con miel silvestre.

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Catecismo de la Iglesia Católica

La Eucaristía en la economía de la salvación

Los signos del pan y del vino

1333 En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de él, hasta su retorno glorioso, lo que él hizo la víspera de su pasión: ‘Tomó pan…’, ‘tomó el cáliz lleno de vino…’. Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto ‘del trabajo del hombre’, pero antes, ‘fruto de la tierra’ y ‘de la vid’, dones del Creador. La Iglesia ve en en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que ‘ofreció pan y vino’ (Gn 14,18) una prefiguración de su propia ofrenda (cf MR, Canon Romano 95).

1334 En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Exodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El ‘cáliz de bendición’ (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.

1335 Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía (cf. Mt 14,13-21; 15, 32-29). El signo del agua convertida en vino en Caná (cf Jn 2,11) anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo (cf Mc 14,25) convertido en Sangre de Cristo.

1336 El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: ‘Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?’ (Jn 6,60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ (Jn 6,67): esta pregunta del Señor, resuena a través de las edades, invitación de su amor a descubrir que sólo él tiene ‘palabras de vida eterna’ (Jn 6,68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a él mismo.

La institución de la Eucaristía

1337 El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, ‘constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento’ (Cc. de Trento: DS 1740).

1338 Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).

1339 Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la comamos’…fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: `Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios’…Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: `Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros’ (Lc 22,7-20; cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).

1340 Al celebrar la última Cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

“Haced esto en memoria mía”

1341 El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras ‘hasta que venga’ (1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.

1342 Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice: Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

1343 Era sobre todo ‘el primer día de la semana’, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para ‘partir el pan’ (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

1344 Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús ‘hasta que venga’ (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante ‘camina por la senda estrecha de la cruz’ (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

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