Tiempo de Adviento – B

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Cantos para Tiempo de Adviento – Ciclo B

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1º Domingo – Ciclo B: PDF

2º Domingo – Ciclo B: PDF

3º Domingo – Ciclo B: PDF

4º Domingo – Ciclo B: PDF

INTRODUCCIÓN GENERAL AL TIEMPO DE ADVIENTO

       En su origen el término “adviento” (del latín adventus) significaba la primera visita oficial de un personaje importante con motivo de su llegada al poder o toma de posesión del cargo. En el ámbito del culto hacía referencia a la venida anual de la divinidad a su templo para visitar a sus fieles. Notemos entonces que en su significado original la palabra adviento se refiere a una llegada, una venida, una presencia. Llevado al ámbito cristiano podemos decir que el eje organizador de todo este tiempo litúrgico del adviento es la venida del Señor, su llegada, su Presencia. Así: “con la palabra adventus se pretendía sustancialmente decir: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podemos ver y tocar como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras. El significado de la expresión “adviento” comprende por tanto también el de visitatio, que quiere decir simple y propiamente “visita”; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí”.

         Ahora bien, El que viene es en realidad el mismo que ya vino. Es la doble venida del Señor que reflejan los prefacios del Adviento. La primera en la humildad de la carne; la segunda y definitiva en gloria y poder. No se trata de un juego sino de la misma esencia de la liturgia y del misterio cristiano. A esta doble venida corresponden dos dimensiones de la espera: de la Navidad y la de la Parusía, que la liturgia del Adviento tiene que proponerlas juntas pues es imposible presentar una sin la otra. Pero en la sucesión de los cuatro domingos se va dando un progresivo paso de la acentuación puesta en la Segunda y definitiva venida al fin de los tiempos (más clara en 1er. Domingo y menos en el 2do.) a la Primera venida en la Encarnación (3er. y 4to. Domingos). Importa no olvidar estas acentuaciones para respetar el ritmo propio de este tiempo litúrgico y su intención pedagógica, o mejor, mistagógica. Nos hace comenzar con la espera de lo eterno y definitivo, con el fin, que es lo último en la ejecución y lo primero en la intención. Desde aquí se nos invita a reorientar nuestra vida en función de nuestra situación de tiempo intermedio, del “ya pero todavía no” que supone una comprensión del carácter provisional de nuestro mundo y de nuestra condición de peregrinos (este sería el ‘matiz’ propio de la conversión en Adviento). Luego nos va llevando hacia el fundamento de nuestra esperanza, la venida de Jesús en la plenitud de los tiempos, la Encarnación, cuya manifestación o Natividad vamos a celebrar.

          La liturgia de la Palabra de los domingos de adviento acompaña este proceso por cuanto “el evangelio del primer domingo es escatológico. En el segundo y el tercero hacen referencia al Precursor. En el cuarto se proclaman los acontecimientos que han preparado al venida del Señor”. De algún modo podemos esquematizar el mensaje específico de cada domingo de la siguiente manera:

Domingo 1: El deseo que mantiene viva la esperanza en la venida definitiva del Señor. Vigilancia.

Domingo 2: Juan Bautista nos invita a la conversión para recibir al Señor que viene. Conversión.

Domingo 3: Juan Bautista da testimonio de la Luz que viene a iluminarnos. Testimonio.

Domingo 4: El anuncio del nacimiento de Jesús hecho por el ángel a María. Anuncio.

        En síntesis, el ADVIENTO nos invita a esperar la venida definitiva del Señor al fin de los tiempos y al mismo tiempo a prepararnos para celebrar su primera venida al nacer en Belén con el gozo de saber que Él viene permanente a nuestros corazones.

ESPERANDO A JESÚS CON MARÍA Y COMO MARÍA

         El adviento, sobre todo en los últimos dos domingos, tiene un fuerte matiz mariano pues la liturgia nos presenta a María, la Madre embarazada que espera a dar a Luz a Jesús.

            Ya lo decía el Papa Pablo VI: “De este modo, los fieles que viven con la liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo (Cf. Prefacio IIIº de Adviento), se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, vigilantes en la oración y… jubilosos en la alabanza” (ibid), para salir al encuentro del Salvador que viene.” (MC 4).

            Por ello vamos a tomar a María como Modelo del que recibe la visita de Dios, la Palabra de Dios en su vida, contemplando algún aspecto de su respuesta al Señor.

MARÍA DESPIERTA, ATENTA, VIGILANTE, ORANTE…

            María estaba despierta en su fe, atenta a la Voz de Dios que le llegaba a través del Libro de la Palabra y del Libro de la Vida. María escuchaba los textos sagrados como Palabra de Dios, los rumiaba en su corazón. Basta considerar su Magnificat que es un mosaico de textos del Antiguo Testamento. María escuchaba los acontecimientos de su vida y los meditaba en su corazón para descubrir también en ellos una Palabra de Dios para su vida (Lc 2,19.51).

            Para poder escuchar, María tenía su corazón en silencio, acallados todos los ruidos interiores, porque el silencio es la condición necesaria para que la Palabra pronunciada por Dios se deposite y germine en el corazón del que escucha. El silencio supone una pausa, un cesar y un esperar un nuevo comienzo que reproduce el acto creador: Sab 18,14-15: Cuando un silencio apacible envolvía todas las cosas, y la noche había llegado a la mitad de su rápida carrera, tu Palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real…

            El silencio no es sólo ausencia de ruido, sino más bien una decisión, una activa renuncia a cualquier otra voz para poder concentrarse con todo el ser en la Palabra que viene de Dios. No hay auténtico silencio interior si el corazón está pre-ocupado, o sea habitado ya por un montón de ansias y señores que reclaman y mandan.

          Al mismo tiempo es necesario que el silencio interior adquiera una dimensión espacial: la soledad. En el desierto, lugar silencioso y solitario por excelencia, comienza la proclamación de la Palabra de Jesús (cf. Mc 1,3.4.12-13). En esta soledad y silencio Dios nos habla y allí puede ser escuchada la Palabra amorosa de Dios (cf. Os 2,16).

         Hay que habitar el propio corazón, en soledad y silencio, a la espera de la llegada de la Palabra. Tengo que quedarme allí, con mi yo más auténtico, a la espera, en silencio, solo, pero enamorado, con dolencia de amor por su ausencia.

           Así pensamos que estaba María antes de la Anunciación del Ángel: habitando su corazón silencioso y solitario, expectante, atenta y en gran paz.

          Así deberá estar nuestro corazón para recibir la visita de la Palabra de Dios. Como bien enseña Taulero: “Es de todo punto necesaria la vuelta al interior, entrar dentro de nosotros mismos, para que Dios nazca en el alma. Apremia lograr un fuerte impulso de recogimiento, recoger e introducir todas nuestras potencias, inferiores y superiores, y trocar la dispersión en concentración, pues, como dicen, la unión hace la fuerza. Cuando un tirador pretende golpe certero en el blanco cierra un ojo para fijarse mejor con el otro. Así el que quiera conocer algo a fondo necesita que todos sus sentidos concurran en un punto, dirigirlos al centro del alma de donde salieron”.

            Es que justamente en nuestro interior, en nuestro propio corazón, ha sido sembrada la semilla de la Palabra y es aquí donde debemos buscar a Dios y donde podremos encontrarlo. Es la experiencia del gran san Agustín: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serian. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste miceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz” (Confesiones L. X, 38)

Domingo 34 durante el año – A JESUCRISTO, REY UNIVERSAL Solemnidad

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Cristo reina en la cruz

Antífona de entrada     Ap 5, 12; 1, 6
El Cordero que ha sido inmolado
es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor.
A él pertenecen la gloria y el imperio para siempre.

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Cristo, Rey del Universo

Con la Solemnidad de “Cristo, Rey del Universo” finaliza el Año Litúrgico (Ciclo A) para dar comienzo a otro nuevo Año (Ciclo B) en el Primer Domingo de Adviento.

La fiesta de Cristo Rey fue instituida en 1925 por el papa Pío XI, que la fijó inicialmente el domingo anterior a la Solemnidad de Todos los Santos (1 de Noviembre). La Iglesia, ciertamente, no había esperado dicha fecha para celebrar el soberano señorío de Cristo: Epifanía, Pascua, Ascensión, son también fiestas de Cristo Rey. Si Pío XI estableció esa fiesta, fue como él mismo dijo explícitamente en la encíclica Quas primas: con una “finalidad de pedagogía espiritual”. Ante los avances del ateísmo y de la secularización de la sociedad quería afirmar la soberana autoridad de Cristo sobre los hombres y las instituciones.

En 1970 se quiso destacar más el carácter cósmico y escatológico del reinado de Cristo. La fiesta se convirtió en Solemnidad de Cristo “Rey del Universo” y se fijó en el último domingo Per Annum (del Tiempo Ordinario). Con ella se apunta ya el tiempo de Adviento en la perspectiva de la venida gloriosa del Señor.
Frente a la secularización y al ateísmo, al individualismo y al indiferentismo, a la separación de vida pública y vida religiosa, posturas condenadas ciertamente por el Magisterio y la Tradición, la Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres.

La predicación y extensión del reinado de Cristo, en los corazones y en la sociedad, debe ser el centro de nuestro afán de vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia (Salmo 71) y la salvación eterna de todos los hombres.

Fuente: http://www.corosanclemente.com.ar

 

Domingo 33 durante el año – A

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Parabola de los Talentos 

Antífona de entrada Jer 29, 11. 12. 14

Dice el Señor: Yo tengo designios de paz, y no de aflicción.
Invóquenme y los escucharé
y pondré fin a su cautiverio.
 

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DOMINGO 33 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

De los comentarios del P. Damián Nannini

 

Primera lectura (Prov 31,10-13.19-20.30-31):

            Los proverbios sobre la mujer ideal que leemos en este domingo cierran justamente todo el libro de los Proverbios. En ellos el autor describe y exalta el ideal de mujer según la concepción propia de su época, que tenía en cuenta solamente la condición de esposa, madre y ama de casa; y todo esto al servicio del marido. Más allá de la cuestión del rol de la mujer en la familia y en la sociedad de hoy, el texto ha sido elegido, pensamos, por el elogio que hace de la laboriosidad de la mujer. La mujer ideal es la que sabe hacer buen uso de las capacidades que Dios le dio; y con este mensaje nos prepara para la parábola de los talentos que nos ofrecerá el evangelio de hoy.

Segunda Lectura (1Tes 5,1-6)

 La forma de comenzar este capítulo nos sugiere que Pablo está respondiendo, al igual que en 4,9-12, a una pregunta hecha por los tesalonicenses acerca del tiempo y del momento. En esta expresión el “tiempo”, jrónos (cro,noj), indica el tiempo en general o lineal; mientras que “momento”, kairós (kairo,j) es el tiempo específico, momento u ocasión. Aquí ambos están formando una endíadis, es decir, dos términos juntos expresando un único concepto que equivale a la expresión ‘el fin de los tiempos’ o el tiempo final.

            Este sentido escatológico se confirma por la siguiente referencia a ‘el día del Señor’ que es una imagen bíblica originada en la tradición profética (cf. Am 5,18; Jl 2,1; So 1,7) y presente también en el NT (cf. He 2,20; 1Cor 5,5). Es interesante notar que en su formulación tradicional el Señor es Dios (yóm Yhwh) pero termina identificándose con el día de Cristo Jesús (Flp 1,6.10).

El tiempo final o día del Señor se compara con la venida de un ladrón. Esta comparación es común en el NT (cf. Mt 24,43; Lc 12,39; 2 Pe 3,10; Ap 3,3; 16,15) y sirve para indicar lo repentino e inesperado del mismo. Este carácter inesperado se retoma en el v. 3 por contraste con lo que dice la gente: paz y seguridad; que nos recuerdan las palabras de los falsos profetas (cf. Jer 6,14; Ez 13,10.16). Vale decir que la percepción de la realidad que tiene la gente común no es la correcta pues piensan que todo está bien, cuando no es así. Para reforzar el aspecto de repentino e inevitable Pablo recurre a la imagen de la mujer encinta a quien le llegan de repente los dolores del parto (cf. Jr 6,24). Este versículo 3 termina con una frase algo amenazante: no podrán escapar o huir. Por tanto el día del Señor no sólo será repentino sino también inevitable. Aquí Pablo se está refiriendo a los que no han recibido el evangelio; a los de afuera; hijos de la noche y de las tinieblas; a los que persiguen y causan sufrimiento a los cristianos de Tesalónica.

Los versículos siguientes giran en torno a la oposición entre los cristianos, hijos de la luz y del día; y los otros (no identificados explícitamente), hijos de la noche y de las tinieblas. En esta situación de confrontación la exhortación de Pablo en el v. 6 es a la vigilancia y a la sobriedad.

            En síntesis, Pablo no insiste en el cuándo tendrá lugar el fin escatológico, que no sabemos, sino en el cómovendrá: de modo repentino e inevitable. Frente a esto enseña cuál es la conducta a observar en el entretiempo: vigilancia y sobriedad.

Evangelio (Mt 25, 14-30)

            Este evangelio pertenece al quinto y último sermón de Jesús conocido como “discurso escatológico” (Mt 23,1-25,46). Nos encontramos, por tanto, ante una parábola de juicio que complementa la anterior (las diez vírgenes) y prepara la siguiente (el juicio final). Así, su punto focal es la rendición de cuentas que tienen que hacer los servidores ante su Señor quien les ha confiado los talentos. Los detalles de la narración están en función de esto mostrando dos actitudes contrapuestas ante los dones recibidos en custodia en esta vida.

            Tener en cuenta este contexto mayor del discurso escatológico es por demás de importante por cuanto esta parábola ha dado lugar a múltiples y contrapuestas interpretaciones. En efecto, cuando perdemos de vista su sentido global y su contexto, y se comienza a entrar en el análisis de los detalles buscando las alegorizaciones, posiblemente terminemos en un callejón sin salida. Así hay quienes se sienten molestos porque les parece que la parábola justifica la explotación, el lucro, el mercado financiero y hasta la ideología capitalista[1].

La parábola comienza justamente narrando las acciones de un señor o amo quien, antes de emprender un viaje, les confía sus bienes a sus servidores. Estos son tres y reciben cantidades distintas de talentos, cinco, dos y uno, “cada uno según su capacidad”. El talento era originalmente una medida de peso equivalente a 60 Kg. de metal precioso. Como valor monetario representaba unos 6000 dracmas o denarios, esto es, jornales diarios. Se trata, por tanto, de sumas considerables de dinero.

Luego se describen las acciones de los tres servidores. Los dos primeros “inmediatamente” negocian el dinero y obtienen el doble de ganancia. En cambio el tercero esconde en un campo el talento, lo pone a resguardo, según una costumbre común en Oriente Medio por aquel tiempo.

            Llega el amo o señor y comienza la “rendición de cuentas”. Los dos primeros dan cuenta de las ganancias obtenidas y reciben el mismo reconocimiento de su señor: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.”

            El señor los reconoce como buenos y fieles en lo poco, por lo que se han hecho merecedores de que se les confíe mucho más y de entrar en el gozo de su señor. Es muy interesante lo que anota L. Monloubou[2]: “En tanto que la distribución de los talentos era desigual, lo que ahora preside el juicio del dueño es la igualdad. Los dos primeros siervos, a pesar de conseguir rentas desiguales, reciben el mismo elogio y promesas absolutamente iguales. El dueño juzga, por lo tanto, no por la suma de las rentas que le es presentada, sino por la calidad del trabajo llevado a cabo. Los dos siervos han actuado de modo equivalente, en el sentido de que cada uno obró conforme a sus capacidades”

Sigue luego la rendición de cuentas del tercer servidor que incluye un diálogo con su señor. En efecto, el servidor comienza describiendo al amo o señor como alguien duro y extremadamente exigente, al punto de provocarle temor; y es por ello que no arriesgó el talento y se lo devuelve sin intereses. Según los comentaristas lo dicho por el siervo, especialmente la última frase, suena como irrespetuosa e irreverente.

            El señor de la parábola, al dar su juicio, deja en claro que lo dicho por el servidor no era más que una excusa y lo cataloga de “malo y perezoso”. El término griego que se traduce por perezoso es común en algunos libros sapienciales que presentan claramente a la pereza como antivalor (cf. Prov 6,6; 20,4; 26,14)

En clara contraposición a la recompensa de los dos primeros servidores – entrar en el gozo de su señor – la sentencia contra el tercero es: “Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Esta última expresión es común en Mateo para referirse al castigo de los malos en el juicio final (cf. Mt 13,41-42.49-50). Esta alusión al castigo escatológico de los malos nos parece importante pues confirma el carácter de parábola de juicio de toda la narración.

Algunas reflexiones:

            La primera lectura y el evangelio de hoy nos invitan a considerar la necesidad del obrar del hombre tanto en el orden natural como sobrenatural. En otros términos, se invita a la fidelidad activa en relación a los talentos recibidos. En este sentido la interpretación común del pueblo fiel sobre esta parábola de hoy es válida: se trata de una fuerte invitación a poner los talentos personales al servicio de la comunidad, al servicio del Reino. Los talentos representan lo que hemos recibido de Dios, o sea, todo. Por tanto se refiere a los dones naturales, morales y espirituales. Sería perder tiempo quedarse en comparaciones odiosas sobre quien recibió más o quién recibió un don mejor (como hacían los corintios con los carismas; cf. 1Cor 12-14). Lo cierto es que el Señor ha dejado mucho en nuestras manos para que demos frutos. Nos trata como seres responsables y libres, capaces de arriesgar creativamente lo que nos ha dado, buscando el bien de todos.

Lo contrario es la actitud timorata que esconde el talento; pero que también esconde su propia pereza; su conformismo mediocre. Si en el orden material puede darse que lo que se guarda se preserva; no sucede así en el orden espiritual. Como suele decirse, en el orden espiritual no avanzar es retroceder. Y también que la fe es como el agua, si no corre se pudre.

            Es la dinámica propia de la Palabra de Dios (y varios padres de la Iglesia dicen que los talentos son la Palabra de Dios) que es comparada por Jesús con una semilla sembraba. La misma encierra toda la potencialidad para florecer y dar fruto; pero necesita que el terreno del corazón sea bueno y aporte lo suyo. De lo contrario toda su potencia y su energía quedarían frustradas.

            Nadie está exento del todo de la tentación de la tibieza y mediocridad. Más aún, es nuestra gran amenaza como nos recuerda Aparecida citando al Papa Benedicto XVI: “No resiste a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”[3][7]. (DA nº 12).

Sobre lo nefasto de esta actitud derrotista en la misión nos dice el Papa Francisco en EG n° 85: “Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica”.

El remedio es estar vigilantesdespiertos y sobrios; tal como aconseja San Pablo en la segunda lectura de hoy. Y a esto le sumamos la otra faceta de la vigilancia que nos ofrece la parábola de los talentos: “vigilar es cooperar seria y responsablemente con el don recibido pues hay que dar cuenta de él”[4].

Por último, y dado que estamos en el mes de María, nos puede ayudar la reflexión H. U. von Balthasar[5] al respecto: “El Antiguo Testamento pone ante nuestros ojos en la primera lectura el modelo de este compromiso genuinamente cristiano en la mujer hacendosa. El cristiano, ante esta trabajadora ejemplar, piensa enseguida en María: «Su marido se fía de ella»; Cristo puede confiarle todos sus bienes, pues «le trae ganancias y no pérdidas». Gracias a su sí, a su perfecta disponibilidad para todo, para la encarnación, para el abandono, para la cruz, para su incorporación a la Iglesia: gracias a todo lo que ella es y hace, puede él construir lo mejor de lo que Dios ha proyectado con esta creación y redención. En medio de los múltiples pecadores que dicen no y fracasan, ella es la inmaculada, la Iglesia sin mancha ni arruga”.

En fin, mirando e imitando a María, pongamos manos a la obra con la viva esperanza de recibir la aprobación del Señor y de tener parte en su Gozo.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Lo completará tu Gracia

Con ánimo confiado y sereno va el Sembrador

Abre los brazos y riega la tierra

Su mano arroja el grano en el surco

Y a su paso el universo entero, celebra!

La melodía es tan dulce en este día!

Y tan suave la brisa que lo acompaña!

Las aves en secreto le hablan… y Él les responde:

“Los frutos de esta tierra se verán mañana.”.

Y cuando va llegando la oscura noche

Y el silencio cubre con un manto los brotes

El brillo del rocío bajo la luna

Los viste de fiesta y de colores.

Me atrevo a preguntarte:

¡Sembrador de estos campos!

Donde no esparces, ¿recoges?

Él me sonríe y responde: – “De la maleza obtengo también fruto,

De la cizaña una ganancia.”

-“Entonces hazme tu siervo, Señor, para trabajar sin temor

porque lo que no gane el sudor, lo completará tu Gracia.”

Yo busco tu compañía, trabajar para tu Pueblo

Llenarme de la alegría que da el trabajo cumplido

Por acercar las almas a tu Reino. Amén.

[1] Pueden verse algunas de estas posturas en U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. III (Sígueme; Salamanca 2003) 641. 653-658.

[2] L. Monloubou, Leer y predicar el evangelio de Mateo (Sal Terrae; Santander 1981) 287.

[3][7] RATZINGER, J. a los Obispos latinoamericanos responsables de las comisiones de Doctrina de la Fe en sus respectivas Conferencias Episcopales, Guadalajara (1996).

[4] A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 214.

[5] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 119.

 

Ordenación Presbiteral para varios presbíteros

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NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Patrona de América – Fiesta 

Antífona de entrada     Ap 12,1

Una gran señal apareció en el cielo:
una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies
y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

Nuestra Señora de Guadalupe

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Esta entrada contiene el rito de ordenación para varios presbíteros, según el PONTIFICAL ROMANO (última edición) con partituras para el rito, espero les sea de utilidad.

Con mi bendición. Pbro. Mariano Pablo Vaccaro
 
 

Entrada: Despertemos llega Cristo

Salmo 66 Descargar

 

Ofrenda: Canto de las criaturas Descargar

Santo: Tomas Aragües Descargar

Soprano Descargar Contralto Descargar Tenor Descargar Bajo Descargar

Cordero de Dios: Tomas Aragües

Soprano Descargar Contralto Descargar Tenor Descargar Bajo Descargar

Amen doxología Descargar

Comunión: Toda la tierra Descargar

Acción de Gracias: Quien nos separara Descargar

Salida: Señor a Ti clamamos Descargar

Domingo 25 durante el año – A

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Parable of the Workers in the Vineyard

Parable of the Workers in the Vineyard

Parable of the Workers in the Vineyard

Antífona de entrada
Yo soy el Salvador de mi pueblo, dice el Señor.
Lo escucharé cuando me invoque en su angustia
y seré su Señor para siempre.

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Domingo 22 durante el año – A

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Toma tu cruz

Toma tu cruz

XXII DOMINGO

Antífona de entrada   Sal 85, 3. 5
Ten piedad de mí, Señor, porque te invoco todo el día.
Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en misericordia con aquellos que te invocan.

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DOMINGO 22 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

De los comentarios del P. Damián Nannini

Primera lectura (Jer 20,7-9)

Estos versículos forman parte de una de las llamadas “confesiones de Jeremías”, conformadas por unos textos en primera persona en los que el profeta presenta al Señor su queja. En cierto sentido, los mismos representan auténticas crisis vocacionalesdel profeta.

            En particular el texto de hoy forma parte de la quinta confesión (Jer 20,7-18) que, comparada con las anteriores, es la más fuerte y trágica. En efecto, la vocación del profeta, dramática en la segunda confesión (cf. Jer 15,10-21), se ha vuelto ahora trágica.

            El Card. Martini, sin negar la dureza de las palabras de Jeremías que pueden sonar a blasfemia, las interpreta en su correcto contexto propio, que es la vida y vocación del profeta: “Dios se ha comportado con Jeremías como un hombre que seduce a una mujer y la atrae para luego apoderarse de ella y poseerla: me sedujiste, te aprovechaste de mí y ahora te acuso. No quería profetizar y tú me engañaste haciéndome creer una cosa por otra; me obligaste a seguirte sin decirme qué me esperaba y yo me fié de ti, pero Tú me pusiste en una situación enormemente difícil. Las consecuencias de este engaño son dramáticas: me he arrepentido de seguirlo, ya no le haré caso, no puedo más. Debemos observar a pesar de todo que la lamentación se expresa como oración, por consiguiente con espíritu de fe […] si reflexionamos atentamente en el texto, nos damos cuenta de que son palabras de amor, de un amor apasionado e irritado justamente porque el profeta no consigue olvidar al que ama”[1].

 Evangelio (Mt 16, 21-27)

   Como vimos el domingo pasado, la Confesión de Fe de Pedro inaugura una etapa nueva del ministerio mesiánico de Jesús pues a partir de ese momento comienza a manifestar o enseñar algo nuevo: el primer anuncio de su pasión (Mt 16,21).

   Este anuncio viene introducido en griego por la partícula dei (dei/) que se traduce por “debía”, o mejor, “es necesario” (como en Lc 24,7.44). En Mateo esta palabra se utiliza siempre para referirse a algo que tiene que suceder porque así está previsto por Dios, es Su plan. Aquí “dei/ expresa la ineludibilidad de la pasión y muerte de Jesús decretada por Dios; a pesar de ello, la pasión y la muerte es maquinada por los dirigentes judíos en libre decisión de la propia maldad responsable. El plan de Dios y la responsabilidad de los hombres no se excluyen en Mateo, como tampoco en el resto del Nuevo Testamente y en el judaísmo”[2].

   La novedad cristológica de esta nueva etapa del evangelio es que Jesús se presenta como un Mesías sufriente. Su misión la llevará a cabo a través de la humillación, del sufrimiento y de la muerte. Esto explica la insistencia en los anuncios de su pasión a los discípulos, que no entienden. La pasión indica un fracaso real aunque no definitivo: el rechazo por parte de su propio pueblo Israel. Pero este camino de la cruz terminará bien pues luego de la muerte vendrá la resurrección que es también anunciada aquí, aunque no comprendida.

   Inmediatamente después de este anuncio Pedro lleva aparte a Jesús “y lo reprende” diciéndole que Dios no puede permitir esto.

   La reacción de Jesús es inmediata y la frase muy fuerte pues lo llama ahora “satanás” y le manda volver a ubicarse detrás de Él. En efecto, tal sería el sentido exacto de la expresión: “vete detrás de mí” (u[page ovpi,sw mou), que nos recuerda la invitación al seguimiento que Jesús ya le había hecho a Pedro y Andrés en Mt 4,19: “venid detrás de mí” (deu/te ovpi,sw mou). Pero también nos recuerda la frase de Jesús a satanás al final de la tercera tentación en el desierto en Mt 4,10: “retírate Satanás” ({Upage( Satana).

   Las palabras y la actitud de Pedro son para Jesús un “escándalo” (σκάνδαλον). Esta expresión significa “inducir a pecado”, ser “piedra de tropiezo”. Teniendo en cuenta este sentido de la palabra “escándalo” algunos autores ven una clara contraposición con Mt 16,18 donde Jesús llamó a Pedro “roca” sobre la que edificará su Iglesia. Aquí, en cambio, Pedro en vez de piedra firme para edificar se ha vuelto “piedra de tropiezo” que hace caer[3]. Pienso que vale la comparación por cuanto mientras en su confesión de fe Pedro habló movido “no por la carne ni la sangre sino por revelación del Padre”, aquí Pedro piensa, siente y habla como hombre, no según Dios: “tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres” (Mt 16,23).

   El camino de Jesús es también el camino de la Iglesia, de sus discípulos. Por eso Jesús, acto seguido, presenta el camino de la cruz como paso obligado para “el que quiera seguirlo”. Como bien nota U. Luz[4], “la pasión de Jesús y el seguimiento de los discípulos se implican”.

   Es un momento clave, de seria opción, por cuanto para seguir siendo discípulo hay que dejarse a sí mismo, a los propios proyectos de realización y salvación personal y optar por Él.

   Negarse a sí mismo y tomar la cruz implica estar dispuesto a perder la vida, pero para salvarla. Se trata de la aceptación de todo sufrimiento por causa de Cristo y la aceptación de Cristo como modelo de vida. Entonces la cruz aparece como la vida hecha donación, un perderse a sí mismo por amor a Jesús. Así como el anuncio de la pasión terminaba haciendo referencia a la resurrección al tercer día; así también el camino de la cruz del discípulo termina con la promesa de la recompensa por parte del “hijo del hombre” en el juicio final.

Algunas reflexiones:

            Pienso que es inevitable sentir cierta “incomodidad” ante el evangelio de hoy y es importante no evadirse ante estos sentimientos; ni tampoco cargarse de sentimiento de culpa pues el misterio de la cruz es una realidad difícil de asimilar, de “digerir”. Por eso nuestra identificación con Pedro es aquí clara y total, pues Pedro reacciona ante la cruz como “hombre”, tiene los sentimientos, los pensamientos y la valoración propia de un hombre ante la cruz. Y de un hombre de Iglesia, llamado a ser guía de sus hermanos en la fe.

   Al respecto comenta H. U. von Balthasar[5]: “Cuando Jesús presenta en el evangelio el programa decisivo de su misión, no es solamente el mundo el que se escandaliza de la cruz, sino también y en primer lugar la Iglesia. Esta Iglesia se compone de hombres, todos los cuales querrían huir lo más lejos posible y durante el mayor tiempo posible del sufrimiento”.

    Comentando el sentido del término scandalon en Mt 16,23 dice J. Ratzinger: “El que por don de Dios puede ser sólida roca, es por sí mismo una piedra en el camino, que puede hacer tropezar. La tensión entre el don que viene del Señor y la propia capacidad resulta tan evidente que produce escalofríos; aquí, de algún modo, se anticipa todo el drama de la historia del papado, en el curso de la cual nos encontramos siempre con los dos elementos: aquel por el que el papado, gracias a una fuerza que no procede de él mismo, constituye el fundamento de la Iglesia, y el otro, por el que al mismo tiempo los papas particulares, por las características típicas de su humanidad, son constantemente escándalo, por querer preceder a Cristo en lugar de seguirlo; pues creen ellos, con su lógica humana, que deben prepararle el camino que, por el contrario, sólo él puede determinar: “Tus sentimientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (16,23)”[6].

    También a nosotros, como a Pedro, nos molesta ese “es necesario” (dei-) mediante el cual se presenta la cruz como plan de Dios. Igualmente podemos identificarnos con el lamento de Jeremías cuando el rechazo y el oprobio son la recompensa que recibimos de aquellos a los que llevamos la Palabra de Dios. La aceptación del camino de la cruz como camino de salvación supera los intentos de mera comprensión intelectual del mismo. Hay que remitirse, necesariamente, al amor del Padre que se esconde detrás del misterio de la pasión del Hijo:

   “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).

   Según Jn 3,16 el Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna; por tanto, para proteger al hombre del mal definitivo y del sufrimiento definitivo. Por tanto, el amor de Dios penetra en el sufrimiento y lo asume como forma sublima de expresión de ese amor por el hombre: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Así el amor da sentido a la cruz, la orienta en la entrega en favor de los demás, la vuelve redentora. En resumen podemos decir que Cristo no explicó el sufrimiento ni la cruz (como no se puede explicar el amor), sino que lo asumió, lo compartió y lo transfiguró haciendo de él una ocasión de entrega amorosa, y por ello un lugar de salvación y de santidad. Nos lo enseñaba Juan Pablo II en Salvifici Doloris n° 26: “Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: ‘Sígueme’, ‘Ven’, toma parte en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento… A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento”.

   Sólo desde esta aceptación-comprensión de la cruz de Cristo podemos iluminar nuestro propio camino de la cruz, también “necesario” para ser discípulos. Nos encontramos, entonces, con el desafío pedagógico de asumir y ayudar a asumir la verdad de la cruz, como nos enseña A. Cencini[7]: “En un ámbito más personal y subjetivo, la centralidad de la cruz significa el descubrimiento “positivo” – por así decirlo – de la cruz de Cristo como momento de la verdad, de lo que más que cualquier otra cosa o evento o palabra o prodigio dice la verdad de Dios y de su proyecto de salvación, así como del hombre y de su historia […] la cruz es la verdad de la vida y de la muerte, porque revela el nexo indisoluble que une la vida a la muerte, nexo que está constituido por el amor, por el don de sí. La vida, tal como la explica la cruz, nace del “amor-que-se-dona”, y tiende al mismo “amor-que-se-dona”. Se vive y se muere por el mismo motivo, porque el amor recibido tiende, por su propia naturaleza, a volverse amor donado. Y todo esto es dicho por la cruz de Jesús, que es la máxima expresión del amor más grande, aquel que viene de Dios, y es al mismo tiempo el más fuerte y expresivo símbolo del misterio de la vida y de la muerte del hombre”.

    También aquí la aceptación del camino de la cruz como negación de sí mismo y como exigencia ascética está precedida, motivada y encauzada por el amor a Dios.

   El camino de la cruz tiene también una dimensión “pastoral”, muy poco tenida en cuenta, aunque en LG nº 8 leemos:”Como Cristo efectuó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está llamada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres”. Al respecto A. Rodríguez Carmona nota que toda esta nueva sección del evangelio de Mateo (16,21-20,15) está claramente estructura por los tres anuncios de la pasión que van seguidos por enseñanzas sobre la edificación de la Iglesia. Esto conlleva un profundo sentido, por cuanto “para Mateo, la vivencia de estas enseñanzas (opción total por Jesús, compartir, servicio, hacerse niño, etc.) tiene carácter de muerte y resurrección, y es la manera concreta de colaborar en la construcción de la Iglesia. La ética cristiana tiene un carácter pascual y eclesial; ahora bien, esto sólo lo entiende el que comprende la muerte y resurrección de Jesús”[8].

   Por su parte Gerardo Cardaropoli[9] señala que “Cristo salva al mundo por medio de la Iglesia, con la condición de que esta se adecue a su misterio pascual, en el que la gloria de la resurrección no se alcanza sino a través del paso de la cruz. Aquí está la profunda renovación de la pastoral. La “teología de la cruz” ha de llegar a ser “metodología de la cruz” para toda la obra salvífica”.

   Este dinamismo “pascual” es propio de la misión, nos enseña el Papa Francisco al decirnos que “cuando la Iglesiaconvoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión». (EG n° 10).

   Y también nos advierte del peligro de caer en una “acedia egoísta por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG n 82).

   En efecto, “como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca” (EG 279).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Hasta el extremo

Vendrá ese día esperado por todos

Y la paga será para cada uno

Una porción especial, calculada y medida

Apretada y abundante al que dio su vida.

¿Servirá lo que hemos ganado?

Prestigio, alabanzas y honores…

¿Amigos ganados a precio de favores?

La Verdad supera estas tentaciones.

Y al final del camino se levanta

Erguida en el horizonte,

El camino de salida a tantos dolores: la Cruz,

Donde se escribe la historia del hombre.

Enséñanos Señor a no borrar ni un renglón

Asumir tu única propuesta

Levantar la cabeza y mirar al madero

Sendero de amor al Dios verdadero.

Dejar morir al hombre viejo,

Renunciar a este mundo y buscarte, Señor

Para amar como tú amaste:

Hasta el extremo. Amén

[1] C. M. Martini, Una voz profética en la ciudad. Meditaciones sobre el profeta Jeremías (PPC; Madrid 1995) 117-118.

[2] U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 639.

[3] Cf. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II, 640; L. H. Rivas, Jesús habla a su pueblo 3 (CEA; Buenos Aires 2001) 170-171.

[4] El Evangelio según San Mateo vol. II, 641.

[5] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 100.

[6] J. Ratzinger, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino (San Pablo; Buenos Aires 2005) 56-57.

[7] La cruz, verdad de la vida (Paulinas; Lima 2003) 43-44.

[8] A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 159.

[9] “Pastoral del misterio de la cruz”, en B. Ahern y otros, Sabiduría de la Cruz (Narcea; Madrid 1981) 96.

Domingo 21 durante el año – A

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Christ surrendering the keys to Saint Peter

Peter Paul Rubens – Christ surrendering the keys to Saint Peter. circa 1614. panel Gemäldegalerie Berlin

XXI DOMINGO

Antífona de entrada     Sal 85, 1-3
Inclina tu oído, Señor, respóndeme; salva a tu servidor que en ti confía.
Ten piedad de mí, Señor, que te invoco todo el día.

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DOMINGO 21 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

De los comentarios del P. Damián Nannini

Primera lectura (Is 22,19-23)

            Sobná, mayordomo del palacio real, se ha construido una tumba o mausoleo en un lugar privilegiado (Is 22,15-16). Para el Señor esta acción es juzgada como un acto de corrupción y de soberbia, pues se ha aprovechado de su situación en beneficio propio olvidando su misión de servir al pueblo y a su rey. Por ello el profeta Isaías le anuncia que será destituido y que le dará su lugar cargo a Eliaquín y que “pondrá sobre sus hombros la llave de la casa de David: lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá”. Por tanto, para indicar el poder otorgado se utiliza la metáfora de las llaves con la potestad de abrir y cerrar. Llama la atención que hable de poner sobre los hombros la llave, pero esto puede deberse, como señala H. U. von Balthasar[1], a que las llaves eran de gran tamaño; o a cierta referencia a que los “cargos son cargas”, son responsabilidades y pesos, como una cruz. En fin, el texto ha sido elegido como primera lectura justamente porque representa el poder otorgado con la imagen de la posesión de las llaves para abrir y cerrar.

 

 

Evangelio (Mt 16,13-20)

         La Confesión de Fe de Pedro inaugura una etapa nueva del ministerio mesiánico de Jesús, pues a partir de ese momento comienza a manifestar o enseñar algo nuevo; algo que antes no enseñaba: el anuncio de su pasión (Mt 16,21). Además este acto de fe en el carácter mesiánico de Jesús marca un claro hito teológico en el evangelio. En efecto, por primera vez Jesús pregunta a sus discípulos respecto de su propia persona y recibe una clarísima confesión de su carácter mesiánico. De todo esto se deduce que este pasaje es medular en el Evangelio pues se abordan los temas de la identidad de Jesús y de la iglesia[2].

            Jesús pregunta a sus discípulos sobre la opinión que tiene la gente acerca del “hijo del hombre”. En las otras ocasiones del evangelio de Mateo en las cuales Jesús utiliza la expresión “hijo del hombre” para referirse de sí mismo, siempre hay un contexto escatológico (Mt 16,28; 24,30; 26,64), por lo que se concluye que la referencia más probable es la figura del “hijo de hombre” de la profecía de Daniel (cf. Dn 7,13-14).

            Los discípulos refieren las opiniones de la gente, que tienen en común ubicar a Jesús en la categoría de profeta. Es innegable que Jesús fue logrando durante su ministerio en Galilea un prestigio creciente y que debió ser un gran signo de interrogación tanto para el pueblo como para las autoridades y, por ende, un personaje cuya identidad se procuró precisar. Entre las respuestas de la gente se destaca la identificación con Elías, quien vendría a preparar la llegada del Mesías. Como bien señala U. Luz[3], más allá de las diversas opiniones, lo importante es que la gente no acierta con la verdadera identidad de Jesús pues si bien le reconocen una dimensión profética, no han descubierto su carácter mesiánico ni divino.

            Sigue luego la pregunta, dirigida a todos sus discípulos, pero contestada sólo por Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Así Pedro confiesa la identidad de Jesús, su mesianidad y su divinidad; o sea que Jesús es más que un profeta o precursor del Mesías. Es el mismo Mesías; más aún, es el Hijo de Dios vivo.

         Luego de esta confesión de fe Jesús dirige unas palabras de manera exclusiva a Pedro. En primer lugar lo declara bienaventurado, feliz, porque ha llegado a este conocimiento suyo por una revelación del Padre (cf. Mt 11,25-30), no como fruto de la naturaleza humana (“la carne y la sangre”). Por tanto la respuesta de Pedro sobre la identidad de Jesús es acertada porque ha sido inspirada por Dios mismo, se la ha revelado (ἀπεκάλυψέν) el mismo Padre.

            Acto seguido Jesús le confía una misión especial ligada al “sobrenombre” o apodo que le impone: ser la roca sobre la que se edificará la iglesia (el nombre de Pedro se vincula con el de piedra según el origen griego de este término: pe,tra-petra). Ya en Jn 1,42 se hacía referencia a este nombre nuevo de Pedro: “Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas” (Κηφᾶς), que traducido significa Pedro (Πέτρος)”. En Juan se conserva el original arameo utilizado por Jesús, por tanto Jesús ha llamado a Simón literalmente “piedra” (kηφᾶς) y ha dicho que sobre esta “piedra”, o sea la persona de Pedro, edificará la Iglesia. Ya desde el AT la piedra simboliza el lugar que permite tener firme apoyo y seguridad (cf. Sal 62,3: “sólo él es mi roca, mi salvación, mi baluarte; no vacilaré”). Por su parte en el sermón del monte Jesús compara al que escucha y cumple sus palabras con alguien que construye su casa sobre roca para señalar la solidez de la misma (Mt 7,24-25).

       El término ekklesía (iglesia), por su parte, traduce el hebreo qahal con el sentido de convocatoria: designa al grupo de personas que se han reunido pues han sido convocadas-llamadas por Dios. En Mateo se hace referencia al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que surge en reemplazo de Israel como signo histórico y sociológico de la presencia del Reino de Dios[4]

        La iglesia fundada sobre la roca de Pedro tiene la promesa de que el reino de la muerte (Hades) no prevalecerá contra ella. Vale decir, garantiza la permanencia de la fe de la Iglesia más allá de la muerte. En su Iglesia, Jesús le otorga a Pedro el poder (simbolizado por las llaves) de atar y desatar, es decir, de admitir y excomulgar; de permitir y prohibir; de perdonar y condenar, de aprobar o desaprobar las interpretaciones del evangelio.

        Indiscutible es el lugar preeminente de Pedro en los Evangelios y en muchos de los demás escritos neotestamentarios. Esto no sólo lo reconoce la tradición exegética católica sino también la protestante. Al respecto vale la pena citar “in extenso” a U. Luz quien pertenece a la tradición evangélica[5]: “Es claro, por último, que Pedro tiene una función intransferible que ejercer en la Iglesia: él es el cimiento, diferente de todo lo que se construya luego sobre él. De modo no explícito, pero alusivo, aparece también la idea de la unidad de la Iglesia, que descansa en un fundamento. […] Las puertas del Hades como paradigma del reino de los muertos, invencibles para los humanos, no serán más fuertes que la Iglesia construida sobre roca. Esto significa para la Iglesia la promesa de la perennidad mientras dure este tiempo terreno, ya que su Señor estará con ella todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20) […] Ahora se indica dónde reside la función de Pedro como roca. No se trata ya del edificio de la Iglesia, sino de las llaves para el Reino de los cielos…la misión de Pedro es abrir a los hombres el reino de los cielos, concretamente con su interpretación autorizada de la Ley; debe exponer la voluntad de Dios a la luz de Jesús para conducir a los hombres por ese camino estrecho, al final del cual se abre la puerta estrecha del reino de los cielos (cf. 7,13s). Las llaves del cielo son, por tanto, los preceptos de Jesús que Pedro proclama y expone. Simón es portero y roca como fiador y garante de la enseñanza de Jesús”.

      La preeminencia de Pedro aparece ligada a su temperamento y a su fe. A su temperamento, pues Pedro aparece como un hombre emprendedor, que toma iniciativas cuando sus hermanos se quedan y, en ocasiones, se muestra hasta temerariamente impulsivo. Es el Pedro que le pide a Jesús ir caminando sobre el agua hacia Él; que hace alarde de un coraje que le impedirá negar a Jesús, pero de quien luego reniega; que toma la palabra cuando Jesús desafía a sus discípulos a irse… Pero esta iniciativa, ligada a su temperamento, pasa a segundo plano ante el contenido de su confesión de fe. En efecto, es él quien confiesa la índole mesiánica de Jesús en el episodio de Cesarea de Filipo y, por esto mismo, Simón precede a sus hermanos en la fe.

 

Algunas reflexiones:

            Ante todo este evangelio nos enseña que el verdadero conocimiento de Cristo proviene del mismo Dios, del Padre; es una revelación, una gracia, un don celestial. Ya lo había dicho Jesús: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). La gente descubre que Jesús tiene una particular relación con Dios, de aquí que se lo considere profeta. Pero no alcanzan a descubrir la profundidad del vínculo que une a Jesús con el Padre. En cambio los discípulos, los que se han apartado del resto para acompañar más de cerca a Jesús, estos logran acceder a la identidad de Jesús como Mesías, Hijo del Dios vivo. Pero no han llegado a esto por méritos propios (no lo da la sangre ni la carne), sino por don del Padre que se los revela. En breve, el Padre es quien revela a los discípulos la verdadera identidad de Jesús.

           Por tanto, es necesario asumir y hacer propia la insistente oración que recomienda San Ignacio para la segunda semana de los ejercicios: “pedir conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” (EE nº 104).

            La otra enseñanza del evangelio, esta vez en clave eclesial, es que hace falta integrar el grupo de los discípulos, unirse a la comunidad, a la Iglesia, para conocer en profundidad a Jesús. Y esto porque el Padre le ha revelado a Pedro y a los demás discípulos la identidad de Jesús. La Iglesia es la receptora y la fiel custodia de esta revelación, de este “depósito” de la fe. Como bien nota H. U. von Balthasar[6], el atributo o la propiedad de ser “roca” que otorga fiabilidad a la fe es propio de Dios en el AT y de Cristo el NT; pero que ha querido participar de esta propiedad a Pedro y a sus sucesores. Y lo mismo podemos decir de la potestad de las llaves, que también es “participada” a hombres concretos.

            Surge aquí la cuestión de la necesidad de la Iglesia como mediación humana del misterio de Cristo. Desde los orígenes ha habido siempre tendencias gnósticas que buscaron “puentear” esta mediación de la Iglesia. Tendencias que hoy día gozan de gran actualidad y difusión mediática. Pero con esto se niega tanto el testimonio del evangelio como el realismo mismo de la Encarnación que lleva al extremo una pedagogía de Dios que viene ya del Antiguo Testamento. En efecto, el Reino de Dios que hace presente Jesús es esencialmente comunitario y está referido a un pueblo concreto a quien va destinado y que está llamado a aceptarlo y hacerlo visible. Como bien dice R. Aguirre[7]: “Si Dios interviene en la historia con un proyecto de humanidad, por algún punto concreto del tiempo y del espacio tiene que comenzar esta transformación. El Reino de Dios no se identifica simplemente con ningún pueblo concreto, pero sí conlleva la dinámica de encarnarse en uno determinado. La responsabilidad de Israel en el Antiguo Testamento y de la Iglesia en el Nuevo Testamento es aceptar el Reinado de Dios y visibilizar la transformación humanizante que supone la aceptación de esta soberanía de Dios”.

            Y lo mismo vale para la misión de “roca” concedida a Pedro. Al respecto dice J. Ratzinger: “Abrahán, el padre de todos los creyentes, es con su fe la roca que sostiene la creación, rechazando el caos, el diluvio originario que ataca y amenaza con arruinarlo todo. Simón, el primero que confesó a Jesús como el Cristo y primer testigo de la resurrección, se convierte ahora, con su fe renovada cristológicamente, en la roca que se opone a la sucia marea de la incredulidad y a su fuerza destructora de lo humano”[8].

            En cuanto a la potestad de las llaves podemos completar lo ya dicho con la siguiente reflexión: “Si prestamos atención a los paralelos del dicho de Jesús resucitado, citado en Jn 20,23, resulta evidente que con la autoridad de atar y desatar se entiende esencialmente el poder de perdonar los pecados confiado en Pedro a la Iglesia (cf. también Mt 18,15-18). En el centro mismo del nuevo ministerio, que priva de energía a las fuerzas de la destrucción, está la gracia del perdón. Ella es la que constituye a la Iglesia. La Iglesia está fundada en el perdón. La Iglesia en su esencia íntima es el lugar del perdón, en el que queda desterrado el caos […] La Iglesia sólo puede surgir allí donde el hombre llega a su verdad, y esta verdad consiste justamente en que tiene necesidad de la gracia. Donde el orgullo le priva de este conocimiento, no encuentra el camino que le lleva a Jesús. Las llaves del Reino de los cielos son las palabras del perdón, que únicamente lo garantiza el poder de Dios”[9].

            Y sobre la dimensión esencialmente eclesial de la fe y la humilde aceptación de las mediaciones humanas para creer recordemos las hermosas palabras de Lumen Fidei:

“J. J. Rousseau lamentaba no poder ver a Dios personalmente: « ¡Cuántos hombres entre Dios y yo! ». « ¿Es tan simple y natural que Dios se haya dirigido a Moisés para hablar a Jean Jacques Rousseau? ». Desde una concepción individualista y limitada del conocimiento, no se puede entender el sentido de la mediación, esa capacidad de participar en la visión del otro, ese saber compartido, que es el saber propio del amor. La fe es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvación” (n° 14).

“Los cristianos son « uno » (cf. Ga 3,28), sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno alcanza hasta el fondo su propio ser. Se entiende entonces por qué fuera de este cuerpo, de esta unidad de la Iglesia en Cristo, de esta Iglesia que —según la expresión de Romano Guardini— « es la portadora histórica de la visión integral de Cristo sobre el mundo », la fe pierde su « medida », ya no encuentra su equilibrio, el espacio necesario para sostenerse. La fe tiene una configuración necesariamente eclesial, se confiesa dentro del cuerpo de Cristo, como comunión real de los creyentes. Desde este ámbito eclesial, abre al cristiano individual a todos los hombres. La palabra de Cristo, una vez escuchada y por su propio dinamismo, en el cristiano se transforma en respuesta, y se convierte en palabra pronunciada, en confesión de fe. Como dice san Pablo: « Con el corazón se cree […], y con los labios se profesa » (Rm 10,10). La fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio. En efecto, « ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? » (Rm 10,14). La fe se hace entonces operante en el cristiano a partir del don recibido, del Amor que atrae hacia Cristo (cf. Ga 5,6), y le hace partícipe del camino de la Iglesia, peregrina en la historia hasta su cumplimiento. Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos (n° 22). 

“Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el « yo » del fiel y el « Tú » divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al « nosotros », se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia. Nos lo recuerda la forma dialogada del Credo, usada en la liturgia bautismal. El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo. Es posible responder en primera persona, « creo », sólo porque se forma parte de una gran comunión, porque también se dice « creemos ». Esta apertura al « nosotros » eclesial refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el Padre y el Hijo, entre el « yo » y el « tú », sino que en el Espíritu, es también un « nosotros », una comunión de personas. Por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros. Quien recibe la fe descubre que las dimensiones de su « yo » se ensanchan, y entabla nuevas relaciones que enriquecen la vida. Tertuliano lo ha expresado incisivamente, diciendo que el catecúmeno, « tras el nacimiento nuevo por el bautismo », es recibido en la casa de la Madre para alzar las manos y rezar, junto a los hermanos, el Padrenuestro, como signo de su pertenencia a una nueva familia” (n° 39).

“En el bautismo el hombre recibe también una doctrina que profesar y una forma concreta de vivir, que implica a toda la persona y la pone en el camino del bien. Es transferido a un ámbito nuevo, colocado en un nuevo ambiente, con una forma nueva de actuar en común, en la Iglesia. El bautismo nos recuerda así que la fe no es obra de un individuo aislado, no es un acto que el hombre pueda realizar contando sólo con sus fuerzas, sino que tiene que ser recibida, entrando en la comunión eclesial que transmite el don de Dios: nadie se bautiza a sí mismo, igual que nadie nace por su cuenta. Hemos sido bautizados” (n° 41).

  

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

¿Quién dicen que soy?

 

Señor del cielo y de la tierra

Tú que esperas de nosotros:

Una fe sin condiciones, un Amor como el tuyo,

Una pasión por el Reino que nos tienes preparado desde siempre…

Has querido como nosotros preguntar

Lo que dicen los demás.

 

Y sin embargo como tantos de nosotros

Has sufrido no ser reconocido,

Ni considerado, respetado o escuchado…

 

Pero el Padre tuyo, el Padre que es nuestro

El Padre que nos hermana y nos une

Ha dado de ti el testimonio perfecto.

 

De lo alto nos ha hablado

De lo profundo del universo

Y del interior más recóndito del hombre

Su voz se hace potente y nítida

Él nos dice quién eres:

 

Su hijo amado, único, perfecto y enviado

Desde el principio de los tiempos engendrado

Y de naturaleza divina, a nosotros hermanado.

 

Ata en el cielo, Señor, al corazón que te busca

Sujeta con tu lazo de Amor nuestra vida

Y danos en esta tierra la libertad serena

De elegirte en este tiempo

La gracia de alcanzar contigo: la Vida Eterna. Amén

[1] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 99.

[2] Cf. P. Bonnard, El Evangelio según San Mateo (Cristiandad; Madrid 19832) 360.

[3] Cf. U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 603.

[4] “Después de haber narrado el evangelista, en varias etapas, cómo Jesús y sus discípulos se “retiraron” de Israel, Jesús anuncia ahora, cuando se manifiesta claramente que los discípulos se han separado también del pueblo, la construcción de “su Iglesia”. Para Mateo, que narra su historia de Jesús de modo transparente para la historia de su Iglesia, se trata ahora de la “fundación” de la Iglesia”, U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 606.

[5] El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 606-610.

[6] Luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 99.

[7] Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. Ensayo de exégesis sociológica del cristianismo primitivo, Estella 1998, 57-58.

[8] J. Ratzinger, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino (San Pablo; Buenos Aires 2005) 52.

[9] J. Ratzinger, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino (San Pablo; Buenos Aires 2005) 59-60.

 

La Asunción De La Virgen María

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The Coronation of the Virgin, Gentile da Fabriano

The Coronation of the Virgin, Gentile da Fabriano c. 1422-5

15 de Agosto Solemnidad
Misa del día

Antífona de entrada     Cf. Ap 12, 1
Apareció en el cielo un gran signo:
una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies
y una corona de doce estrellas en su cabeza.

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Aleluia Sagreras

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Comunión: Salve Cristo Pan de Vida 

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Domingo 20 durante el año – A

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Jesús y la cananea. Pieter Lastman (1617).

Jesús y la cananea. Pieter Lastman (1617).

XX DOMINGO

Antífona de entrada     Sal 83, 10-11
Señor, protector nuestro, mira el rostro de tu Ungido,
porque vale más un día en tus atrios que mil en otra parte.

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Salmo 66 Descargar

 

DOMINGO 20 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

De los comentarios del P. Damián Nannini

Primera lectura (Isa 56,1.6-7)

Con el capítulo 56 comienza la tercera parte de la profecía de Isaías y los primeros versículos (56,1-8) enuncian las cuestiones que seguirán: la necesidad de obrar justamente, la ampliación de los miembros en la comunidad, el pecado que retrasa la llegada de la salvación plena.

Según H. Simián-Yofre[1] Is 56,1-8 es un texto de reconciliación. Primero reconciliación entre el templo como casa de oración y como lugar de sacrificios. Debemos recordar que durante el exilio no fue posible celebrar los sacrificios y sólo quedaba la posibilidad de orar para entrar en relación con Dios. A la vuelta del exilio era importante conservar estas dos dimensiones de la relación con Dios: la oración y los sacrificios; el templo como lugar preferencial para ambos y el sábado como el día mejor para realizarlos. En segundo lugar de reconciliación entre puros e impuros por cuanto el templo está abierto también a los extranjeros que sirvan al Señor. Así este texto permite la reconciliación con todos los pueblos invitados a la montaña santa.

Esta apertura universal es ciertamente llamativa y bastante poco frecuente en el Antiguo Testamento. Al respecto nos dice un documento de la Pontificia Comisión Bíblica[2]: “Después del exilio, para preservar la pureza de la descendencia y de las creencias y observancias, “la descendencia de Israel se separó de todos los hijos de extranjeros”. Pero más tarde, el libro de Jonás y quizás también, según algunos, el de Rut denuncian la estrechez de ese particularismo. Eso no concuerda, en efecto, con un oráculo del Libro de Isaías en que Dios concede a “todos los pueblos” la hospitalidad de su casa (Is 56,3-7)”.

Evangelio (Mt 15,21-28)

Es necesario volver a recordar que en esta sección del evangelio de Mateo Jesús se distancia o retira de la gente para concentrarse en la “formación” de sus discípulos. Desde esta perspectiva puede entenderse mejor el evangelio de hoy.

De hecho, después de la controversia que Jesús tiene con los fariseos y escribas acerca de la pureza de los alimentos (cf. Mt 15,1-9), se retira (ἀνεχώρησεν en 15,21) a la región de Tiro y Sidón, o sea a Fenicia. Y de esta región viene a su encuentro una mujer cananea. Este último término era el gentilicio de los fenicios por aquel entonces y, para los israelitas, era sinónimo de pagana y se contrapone a “la casa de Israel” de 15,24[3].

La mujer grita, como muchos otros desesperados que buscan la curación por parte de Jesús (cf. Mt 9,17; 14,30; 20.30-31). Ahora bien, la mujer llama a Jesús “señor” (ku,rie) por lo que es prácticamente una oración de súplica en la que pide piedad o misericordia para su hija enferma o atormentada por un demonio. La denominación “hijo de David” implica una confesión de fe en Jesús como Mesías, como salvador enviado por Dios al pueblo de Israel. No ha dejado de llamar la atención de los estudiosos esta súplica por cuanto en la misma resuenan los salmos de súplica dirigidos a Dios (cf. Sal 6,2; 9,13; 30,9; 40,4) pero aplicados aquí a Jesús reconocido como “Señor” e “hijo de David”, lo cual es toda una profesión de fe[4].

Jesús no responde a este grito de súplica; en cambio los discípulos reaccionan intercediendo por ella, pero con una motivación más bien egoísta por cuanto no reparan en la desgracia de la mujer sino en su actitud molesta.

Ante esta “intercesión” de los discípulos, Jesús responde exponiendo el alcance de su misión según el plan de Dios: “No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. En efecto, Dios ha querido cumplir su promesa con el pueblo elegido, con todo Israel, y por ello le ha enviado a Jesús. La expresión de Jesús “he sido enviado” es un pasivo teológico, es decir que el sujeto de la acción de enviar, aunque no se nombre, se sobre entiende que es Dios. Por tanto su sentido es: “he sido enviado por el Padre a las ovejas perdidas de Israel, no a los paganos, por eso no puedo atender a la petición de esta mujer pagana, me apartaría de la misión que me ha sido encomendada por Dios”. Es el mismo alcance que ya Jesús le había dado a la misión de los Apóstoles antes de la resurrección: “No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel” (Mt 10,5-6).

Ante esta negativa, la mujer-madre-cananea redobla su apuesta: se postra ante Jesús y ya no pide misericordia, sino socorro, auxilio. Es el grito lacerante de una mujer desesperada. Este grito de ayuda recibe una nueva respuesta “teológica”: el pan de la salvación es para los hijos, no para los perros de la casa[5]. Esta última expresión refleja el trato y la consideración habitual que tenían los judíos en relación a los paganos. Si no perdemos de vista el desenlace final, no nos resultará tan chocante y aceptaremos que Jesús está poniendo a prueba la fe de esta mujer[6].

A su vez, como bien señala L. Monloubou[7], el tema del pan, con su simbolismo bíblico de don de Dios, de Palabra de Dios, nos trae a la memoria el relato de la multiplicación de los panes y el posterior rechazo de Jesús por parte de escribas y fariseos. Es decir, el pan ha sido ofrecido en abundancia al pueblo elegido, quien lo ha menospreciado o incluso rechazado. En contraste, esta mujer lo reclama vehementemente.

En su desesperación, la mujer asume la actitud de mendiga: aunque sea sólo unas migajas… En cierto modo da la razón a Jesús, pero se vale de la comparación para insistir en su pedido de ayuda para su hija. Y con esta actitud de fe confiada y perseverante termina venciendo pues le “arranca” a Jesús el milagro: “Y en ese momento su hija quedó curada”. En cierto modo, y al igual que en la bodas de Caná, Jesús anticipó su “hora”, el tiempo fijado por Dios para obrar, ante la petición de la mujer. En efecto, el mandato misionero de apertura universal – “vayan y hagan discípulos a todas las naciones” (Mt 28,19) – lo dará Jesús después de su resurrección a sus discípulos, cerrando con el mismo el evangelio de Mateo.

En fin, como bien señala U. Luz[8]: “Jesús no encerró a Dios en las fronteras de Israel, sino que se dejó conmover por la fe de la pagana. Este episodio facilitó a la comunidad mateana, separada de Israel, la posibilidad de buscar entre los paganos un nuevo espacio vital y un nuevo campo de trabajo, siguiendo el ejemplo de Jesús”.

Algunas reflexiones:

En primer lugar Mateo les recuerda a sus contemporáneos que ya en vida de Jesús la puerta de la salvación es la fe y no la pertenencia a una raza. Se salva el que cree que Jesús es el hijo de David, el Señor, sea su origen judío o pagano. Y si bien es cierto que esta puerta de la salvación no se abrió plenamente hasta después de la resurrección del Señor con el envío a todas las naciones (Mt 28,19), ya se vislumbró su vocación de universalidad en situaciones como la de este evangelio.

En segundo lugar Jesús les enseña a sus discípulos, mediante el ejemplo de una mujer pagana, qué es tener fe. Recordemos que el domingo pasado Pedro suponía tener suficiente fe como para imitar a Jesús en su prodigio de caminar sobre un mar agitado. Pero le entró la duda y recibió el reproche del Señor: “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. En cambio, hoy Jesús le dice a una mujer cananea, o sea una pagana de una raza de idólatras: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Por tanto, si queremos un ejemplo concreto de lo que es una fe grande miremos y admiremos a esta madre de una hija enferma. Podemos con verdad decir que no acepta razones ni negativas. Ama a su hija enferma, quiere desesperadamente que se sane y viva. Y cree que Jesús puede curarla. Al contrario de Pedro, no hay lugar para dudas ni vacilaciones en ella, aún a pesar de las numerosas resistencias que encuentra. En efecto, primero Jesús no le responde. Luego los discípulos le piden a Jesús que la despache. Y cuando consigue que Jesús le responda, sus afirmaciones no le dan muchas posibilidades. Sin embargo, persevera suplicando y confiando en Jesús más allá de toda duda o desilusión.

¿Qué es, por tanto, tener una fe grande? Es tener la actitud perseverante y luchadora que tuvo esta mujer-madre; es tener una confianza ilimitada puesta de manifiesto en la súplica incesante. Tener fe es soportar el silencio de Dios; o como bien decía el Card. Newman, la fe es la capacidad de soportar dudas.

Más allá de nuestra formación y nuestro status religioso, pidamos al Señor tener una fe grande como la de esta mujer pagana.

En tercer lugar, y teniendo en cuenta la primera lectura de hoy, está el tema de la universalidad de la fe cristiana. Si bien es cierto que la misma será proclamada abiertamente por Jesús a partir de su resurrección (Mt 28,19: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”); encontramos en el evangelio de hoy ya un anticipo de la misma. Y una interesante actualización de este mensaje podemos encontrarlo en la propuesta de Benedicto XVI sobre el “patio de los gentiles”, de la cual se hacen eco los Lineamenta para el próximo sínodo de los Obispos sobre “la Nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, nº 5: “«Me vienen aquí a la mente las palabras que Jesús cita del profeta Isaías, es decir, que el templo debería ser una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56, 7; Mc 11, 17). Él pensaba en el llamado “patio de los gentiles”, que desalojó de negocios ajenos a fin de que el lugar quedara libre para los gentiles que querían orar allí al único Dios, aunque no podían participar en el misterio, a cuyo servicio estaba dedicado el interior del templo. Lugar de oración para todos los pueblos: de este modo se pensaba en personas que conocen a Dios, por decirlo así, sólo de lejos; que no están satisfechos de sus dioses, ritos y mitos; que anhelan el Puro y el Grande, aunque Dios siga siendo para ellos el “Dios desconocido” (cf. Hch 17, 23). Debían poder rezar al Dios desconocido y, sin embargo, estar así en relación con el Dios verdadero, aun en medio de oscuridades de diversas clases. Creo que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de “patio de los gentiles” donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia […] La imagen del “patio de los gentiles” se nos ofrece como un ulterior elemento en la reflexión sobre la “nueva evangelización”, que pone de manifiesto la audacia de los cristianos de no renunciar jamás a buscar positivamente todos los caminos para delinear formas de diálogo que correspondan a las esperanzas más profundas y a la sed de Dios de los hombres. Tal audacia permite colocar dentro de este contexto la pregunta sobre Dios, compartiendo la propia experiencia en la búsqueda y comunicando como un don el encuentro con el Evangelio de Jesucristo»”.

Por último, no podemos dejar de ver en la cananea, como hacía San Agustín, un gran modelo de humildad y de oración. En efecto, “una de las causas más profundas de sufrimiento para un creyente son la oraciones no escuchadas. Hemos orado durante semanas, meses y quizás años por una cierta cosa. Pero, nada. Dios parecía sordo. La mujer cananea está allí, encumbrada para siempre con el papel de institutriz y maestra de perseverancia en la oración […] Dios escucha asimismo cuando…no escucha. Y su no escuchar es ya un socorrer. Retardando en el oír, Dios hace, sí, que nuestro deseo crezca, que el objeto de nuestra oración se engrandezca; que de las cosas materiales pasemos a las espirituales, de las cosas temporales a las eternas, de las pequeñas cosas pasemos a las grandes. De este modo, él puede darnos mucho más de cuanto inicialmente habíamos venido a pedirle”[9].

La fe de la cananea pudo superar el silencio de Dios. El mismo no debe asustarnos porque Jesús mismo tuve que pasar por él; y tras los santos. Del mismo habla con profundidad el Papa Benedicto XVI en Verbum Domini n° 21: “Como pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios habla por medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada. Colgado del leño de la cruz, se quejó del dolor causado por este silencio: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46). Jesús, prosiguiendo hasta el último aliento de vida en la obediencia, invocó al Padre en la oscuridad de la muerte. En el momento de pasar a través de la muerte a la vida eterna, se confió a Él: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Esta experiencia de Jesús es indicativa de la situación del hombre que, después de haber escuchado y reconocido la Palabra de Dios, ha de enfrentarse también con su silencio. Muchos santos y místicos han vivido esta experiencia, que también hoy se presenta en el camino de muchos creyentes. El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su silencio. Por tanto, en la dinámica de la revelación cristiana, el silencio aparece como una expresión importante de la Palabra de Dios”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Las migas

Muchos apenas
Las migas caídas
Del pan de los hijos,
Pretenden comer.
Pero ahora somos
Tus hijos hambrientos
Venimos vacíos
Solo a pedir.
Aliméntanos siempre
Del pan de ternura
De la sangre que es vino
Y el Pan, Amor de locura. Amen

[1] Isaías. Texto y Comentario (La Casa de la Biblia 1995) 262-263.

[2] El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana (Roma; 2002) nº 54.

[3] Cf. U. Luz, El evangelio según san Mateo Vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 568-569.

[4] Cf. “La cananea o siro-fenicia”, en J.- F. Baudoz, Lectura sinóptica de los evangelios. Cinco ejercicios de lectura (CB 103; Verbo Divino 2000) 37-54.

[5] El término empleado aquí es kynarion que para algunos es un diminutivo, de allí su traducción por “cachorros”; mientras que para otros designa a los perros domésticos, de la casa, en contraposición a los callejeros.

[6] “La concepción popular tradicional ve a los israelitas como hijos, destinatarios del banquete mesiánico, y a los gentiles como perros. Jesús prueba así la fe de la mujer”, A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Mateo (DDB; Bilbao 2006) 149.

[7] Leer y predicar el evangelio de Mateo (Sal Terrae; Santander 1981) 206.

[8] El evangelio según san Mateo Vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 574.

[9] R. Cantalamessa, Echad las redes. Reflexiones sobre los evangelios. Ciclo A (EDICEP; Madrid 2003) 287-288.

Domingo 19 durante el año – A

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Jesús camina sobre las aguas

Jesús camina sobre las aguas

XIX DOMINGO

Antífona de entrada     Sal 73, 20. 19. 22. 23
Acuérdate, Señor, de tu alianza, y no olvides para siempre a tus pobres.
Levántate, Dios, defiende tu causa
y no desoigas el clamor de los que te invocan.

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DOMINGO 19 DURANTE EL AÑO CICLO “A”

De los comentarios del P. Damián Nannini

Evangelio (Mt 14,22-33)

            Inmediatamente después de la multiplicación de los panes (evangelio del domingo pasado) Jesús manda a sus discípulos que suban a la barca y pasen a la otra orilla; mientras Él despide a la multitud y se retira a la montaña para orar a solas. Por tanto, la compasión ante la multitud llevó a Jesús a posponer su búsqueda de soledad para orar, pero al atardecer puede hacer realidad su deseo.

            A continuación el relato se focaliza en la barca con los discípulos, la cual es “atormentada” por el viento. De hecho, el verbo utilizado (basani,zw) expresa más bien la idea de sufrimiento o tormento humano (cf. Mt 8,6.29); y muy raramente se refiere a las cosas, como en este caso a la barca. Por ello es legítima la interpretación eclesiológica por cuanto el mar, la tempestad y la noche son símbolos de la inseguridad, la angustia y la muerte que se abaten sobre la comunidad.

            En este contexto, a la madrugada (el texto habla de la cuarta vigilia de la noche, o sea entre las 3 hs. y las 6 hs.) Jesús se acerca a la barca caminando sobre el mar. En la Biblia es el tiempo privilegiado de la acción salvadora de Yavé (cf. Ex 14,24; Sal 46,6; Is 17,4)[1].

            Los discípulos creen ver un fantasma y gritan de miedo ante la presencia de Jesús que viene sobre las aguas. Jesús les habla y sus palabras tienen una fuerte carga teológica: “Ánimo, soy yo, no teman”. La primera palabra de Jesús es un imperativo θαρσεῖτε (“ánimo, tengan confianza”) que en los evangelios es siempre una invitación a tener coraje, a confiar, a estar bien; y que casi exclusivamente aparece en boca de Jesús (cf. Mt 9,2.22; Jn 16,33; He 23,11). El soy yo (evgw, eivmi) evoca la auto presentación de Yavé en el AT (cf. Ex 3,14; Dt 32,39; Is 41,4; 43,10; 48,12; 51,12). También la invitación a no temer (μὴ φοβεῖσθε) la dirige varias veces Dios al pueblo de Israel (cf. Gn 15,1; 26,24; 28,13; 46,3; Is 41,13) y Jesús a sus discípulos (cf. Mt 10,28.31; 17,10; 28,10). Por tanto, Jesús caminando sobre las aguas manifiesta su condición divina, la cual viene explicitada por sus palabras: Jesús obra con el poder de Dios y habla como Dios.

            Sigue el requerimiento de Pedro, por demás de llamativo, pues pide realizar una acción imposible para un hombre y exclusiva de Dios. Hay que señalar que su pedido incluye cierta duda pues lo expresa en condicional: “si eres tú”. Ya el tentador le pidió a Jesús, también en condicional (“Si eres Hijo de Dios…”), que mediante un acto extraordinario demuestre su identidad divina. También es llamativo que el Señor le conceda el pedido y lo llame a ir hacia Él. Pedro comienza bien, pero en cierto momento aparta su mirada de Jesús y la dirige al viento tempestuoso, con lo cual lo domina el miedo. Al ver que se hunde, grita por auxilio al Señor, quien lo rescata. Luego el mismo Jesús da la razón de este fracaso: tuvo poca fe, lo dominó la duda.

            “En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó”. Es interesante notar que recién ahora se calma el viento tempestuoso. Y este prodigio provoca la admiración y la confesión de fe de los discípulos: “verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”.

Algunas reflexiones:

            El domingo pasado tomamos nota de que en esta sección del evangelio de Mateo Jesús se distancia o retira de los demás para concentrarse en la “formación” de sus discípulos. Esto es patente en el evangelio de este domingo.

            El Intrumentum laboris del sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios, en la segunda parte del capítulo primero, nos dice que en el corazón de la Palabra de Dios se encuentran el misterio de Cristo y el misterio de la Iglesia. Esta afirmación, válida para toda la Sagrada Escritura, es exactísima para la teología del evangelio de Mateo. Este evangelista siempre tiene ante sus ojos la vida de Jesús y la vida de la Iglesia pues su intención es ayudar a su comunidad a descubrir la presencia del Señor Resucitado en medio de ellos. Un claro ejemplo de esto lo tenemos en el evangelio de este domingo.

            Por un lado tenemos a Jesús que “sube al monte para orar a solas”, resaltando su vinculación esencial con Dios, su pertenencia al “mundo de lo divino”. Y esta realidad se pone de manifiesto en su caminar sobre las aguas agitadas por el viento. Su ser hijo de Dios le permite trascender una realidad caótica, sin dejarse intimidar ni obstaculizar por ella en su intención de alcanzar la barca de los discípulos, imagen de la Iglesia. Más aún, apenas sube a ella el viento se calma. Los discípulos, testigos de todo esto, terminan reconociendo la filiación divina de Jesús. Pero sólo después de haber gritado de miedo y de desesperación, la fe en el Hijo de Dios les devuelve la calma.

            Por otro lado sabemos que desde los primeros tiempos la barca ha sido vista como figura de la Iglesia y por tanto este evangelio busca iluminar la situación de la comunidad eclesial en tiempos de Mateo; y en todos los tiempos. En efecto, “la historia de la Iglesia está hecha de escenas semejantes: hay una aparente ausencia del Señor, hay dificultades para avanzar, hay fuerzas que se oponen, hay tinieblas que rodean, hay elementos que maltratan al pueblo de Dios. Y por sobre todo esto, está nuestra falta de fe que nos impide reconocer al Señor cuando se acerca a nosotros. Pero sin embargo él viene, nos devuelve la calma y tranquiliza el viento y las olas”[2].

            Como actualización eclesial nos parece también muy buena la síntesis del mensaje de este evangelio que nos ofrece U. Luz[3]: “Lo importante para Mateo es esto: la presencia salvadora de Dios no consiste en que no se levanten tempestades, sino en que se haga sentir en medio de ellas. El que arriesga la obediencia y deja de lado sus seguridades, siente la presencia salvadora. La ayuda de Dios no consiste en que la fe radiante y firme niegue las tempestades de la vida. La fe es a veces “poca fe”, esa amalgama de coraje y angustia, de oír al Señor y ver el viento, de confianza y duda, que según Mateo es un rasgo fundamental de la existencia cristiana. No es que Mateo considere la duda como una nota necesaria de la fe; pero tampoco la condena. En eso consiste precisamente la experiencia que hace el creyente: el Señor asume y supera la duda”.

           Por tanto, el evangelio nos presenta claramente la divinidad de Jesús y, al mismo tiempo, nos presenta la dificultad de creer y de perseverar en esta fe. En este sentido podemos ver en la figura de Pedro el camino de la fe de todo creyente. Nos lo explica magistralmente R. Guardini[4]:

“Pedro se levanta, sale de la barca, fija su mirada en la de Jesús, pone el pie sobre el agua y ésta le lleva, efectivamente. Tiene fe y, gracias a ella, se coloca en el domino de la fuerza de Jesús […] Creer es participar en el ser mismo de Jesús, en lo que es Jesús, no por su creencia, sino por su existencia. San Pedro está en el campo magnético de esta fuerza y realiza en ella con Cristo lo que Cristo hace. Pero toda acción divina es viviente. Oscila, sube y baja. En tanto que San Pedro tiene fija su mirada en la de Jesús, en tanto su fe está íntimamente adherida a la voluntad del Señor, el agua le sostiene. Pero la energía de su confianza disminuye en un momento dado, emerge su conciencia humana y siente el vaivén de las olas. He aquí el momento de la prueba. Pero en lugar de fijar más profundamente su mirada en la de Jesús, se desliga de Él. El campo magnético se diluye; Pedro se hunde y la fe “que vence al mundo” se convierte en grito de desesperación: “Señor, sálvame” […] Raros son los momentos en que nuestra mirada está fija en Dios y el campo magnético queda cerrado. La tormenta que mueve nuestra conciencia suele ser más potente que la pálida imagen de Jesús. Las más de las veces las aguas no parecen poder sostenernos, y las palabras de Jesús que nos llevarán a pesar de todo, nos suenan a piadoso simbolismo. Lo que sucedió a san Pedro se repite todos los días en la vida del cristiano. Porque debemos confesar que despreciar, inspirándonos en la palabra de Cristo, lo que es grande a los ojos del mundo, declarar decisivo lo que el mundo considera mezquino, aceptar la incesante contradicción de los hombres y del propio yo y ser constante a pesar de todo ello, no es más fácil que lo que hizo san Pedro”.

            Por último, en una lectura litúrgica que tiene en cuenta la relación con la primera lectura de hoy, podemos señalar como mensaje una invitación a descubrir la presencia del Señor en las cosas sencillas y cotidianas, más que en las espectaculares y ruidosas. En efecto, Elías también va al encuentro del Señor en medio de una gran crisis pues como comenta el Card. Martini[5]: “esperaba que Dios cambiara el corazón de la reina y, no viendo ningún indicio de ello, se abate y deprime. Quizá piense, por lo demás, que Yahvé lo ha abandonado, que lo ha ilusionado, que le ha hecho esperar aquella victoria plena que no se ha realizado. Así, las fuerzas se hunden, el miedo lo invade, la angustia lo ahoga, lo oprime y no puede más”. Y al Señor lo encuentra, no en el viento huracanado, el terremoto o el fuego; sino en la brisa sutil y casi imperceptible que le recuerda a Elías que Dios sigue obrando en la historia y sigue siendo el Señor de la historia, aunque su actuación no sea espectacular ni evidente a los ojos humanos. Como bien señala el Card. Vanhoye[6] esta manifestación indica que “Dios se encuentra verdaderamente en el interior de todas las realidades y de todas las personas; está presente en nuestro corazón, aunque no lo veamos”. Y para descubrir esta presencia Divina hace más fe y más confianza en Él. Esto contrasta con el pedido de Pedro de caminar sobre las aguas al igual que Jesús. Lo mejor hubiera sido que permaneciera en la barca azotada por el viento, creyendo y esperando en el Señor.

            En síntesis, pensamos que el camino de la fe es el mensaje central de las lecturas de este domingo. Más precisamente, se trata de una invitación a una mayor fe para descubrir la realidad de la presencia de Dios en nuestra vida personal y eclesial. Y otra vez de damos la palabra a R. Guardini[7]: “En el centro de todo lo que el hombre puede pensar y experimentar, en medio de lo que llamamos mundo, surge una realidad que no pertenece al mundo; un lugar en el que se puede entrar, un espacio en el que se puede penetrar, una fuerza sobre la que nos podemos apoyar, un amor al que nos podemos confiar. Todo esto es una realidad diferente del mundo más real que éste. Tener fe significa captar esta realidad, unirse a ella, fundamentarse sobre ella. Vivir de la fe significa tomar en serio esta realidad”.

              De modo semejante se manifestaba el joven teólogo J. Ratzinger[8]: “La fe es un sujetarse a Dios, en quien tiene el hombre un firme apoyo para toda su vida. La fe se describe, pues, como un agarrarse firmemente, como un permanecer en pie confiadamente sobre el suelo de la Palabra de Dios […] Creer cristianamente significa confiarse a la inteligencia que me lleva a mí y al mundo, considerarla como el fundamento firme sobre el que puedo permanecer sin miedo alguno. En lenguaje más tradicional podemos afirmar que creer cristianamente significa comprender nuestra existencia como respuesta a la palabra, al logos que lleva y sostiene todo”.

            Vivir de fe supone un permanente ejercicio de buscar con nuestra mirada la presencia de Jesús. A veces es tal la presión del ambiente y la confusión en nuestro interior, fruto del temor, que podemos pensar que se trata de una ilusión, que sólo vemos un fantasma. Tenemos fe, pero poca fe. Pidamos, entonces, al Señor que nos salve. Pidamos al Señor que aumente nuestra fe.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Tu derrotero, Señor

Una oración de Amor

Es al Padre de los cielos

Una oración de Amor

Me deja lleno de fuerza y sin miedos.

Una plegaria en silencio

Cuando se duerme la luz del día

Una plegaria en soledad

Es la caricia de Dios que yo espero.

La iglesia hace oración

La iglesia es la barca de tu pueblo

Cuando se agitan las olas del mar

Tú nos sales al encuentro.

No hay viento que pueda torcer

La senda que marca tu derrotero

Tiene un camino de fe marcado

Que nos conduce a tu Reino. Amén.

[1] Cf. U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 536.

[2] L. H. Rivas, Jesús habla a su Pueblo 3. Ciclo A (CEA; Buenos Aires 2001) 149.

[3] U. Luz, El Evangelio según San Mateo vol. II (Sígueme; Salamanca 2001) 540.

[4] El Señor (Rialp; Madrid 1963) 346-353.

[5] C. Martini, El Dios viviente, 67.

[6] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo A (Mensajero; Bilbao 2003) 244.

[7] El Señor (Rialp; Madrid 1963) 346-353.

[8] Introducción al cristianismo, 48.52. La cursiva es nuestra.

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